En un lugar de Cuenca de cuyo nombre quisiera acordarme…

Columnistas
Sep, 2015
Artículo por Rocío Pérez
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No hay mucho tiempo que vivía un expatriado español de los de mundo recorrido, adarga posmoderna, rocín flaco y oveja negra corredora. Una olla de algo más de arroz con marisco que seco de pollo, salchipapa las más noches, duelos y quebran-tos (pilsener o club) los sábados, frijoles los viernes, algún mancorino costeño de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. El resto della concluían camisetas con mensaje (algo prohibido ahora, parece ser, en España, por la querida ley mordaza), calzas de velludo (no era hombre de depilaciones) para las fiestas con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entresemana se honraba con su sombrero de lo más fino.

Frisaba la edad de nuestro expatriado con los treinta años, era de complexión no recia, seco de carnes, enjuto de clavícula izquierda; gran trasnochador y amigo de la diversión.

Es, pues, de saber, que este sobredicho expatriado, un rato de los que estaba ocioso (que eran los más del año) se dio por festejar con los amigos hasta bien entrada la noche o la madrugada, según se mire, hasta que, al terminar y salir a la calle, una bala perdida de una reyerta lejana le dio en un muslo. La buena estampa del expatriado hizo que esta bala se alojara en las enjutas carnes y no en hueso ni en lugares peores para su triste figura.

A partir de ahí, El Quijote se entremezcla con La Odisea, ya que en esta última tuvo que embarcarse nuestro expatriado para ser atendido, escuchado por un con-sulado español en Guayaquil que dice estar “para el servicio de los ciudadanos” y que tiene la poca vergüenza de señalarle, ante la gravedad del asunto “que no son ni un hospital ni una agencia de viajes” y para poder poner la denuncia corres-pondiente… ah no, olvidaba que este menester aún no ha sido posible porque el caso se ha archivado a pesar de ser un “delito de sangre” —aunque no fuera inten-cionado—, y a pesar de haber testigos (aunque también hay gente con demasiado miedo) porque, según el muy digno cuerpo de policía, no se ha encontrado el arma “rebotacida”, ni restos de pólvora en las manos del susodicho portador de la ya mencionada arma “rebotacida”, ah, olvidaba también que esta última prueba nunca se realizó.

Invito a vuestras mercedes, en esta parte de la historia, a recapacitar sobre los hechos y los deshechos de este entuerto, pues muchas son y responden al tipo de sociedad que permitimos.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio y los dineros en sanidad, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Iker Jiménez, si resucitara a alguien para solo ello.

Tuvo muchas veces competencia con la curandera de su lugar (que era señora docta graduada en limpias), sobre cuál había sido el mal de ojo vertido sobre su sombra, ya que no estaba muy bien con las heridas recibidas, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubiesen curado, no dejaría de tener la pierna llena de cicatrices y señales. Pero, con todo, alababa aquel acabar de su particular odisea con la promesa de aquella inacabable desventura, y muchas veces le vino deseo de tomar el pájaro de hierro volador y darle fin al pie de la letra como allí se prometía; y sin duda alguna lo hiciera, y aun saliera con ello, si otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaran.

En resolución, él se enfrascó tanto en su desventura, que se le pasaban las noches desvelándose de claro en claro, y los días de turbio en turbio, y así, del poco dor-mir, se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio, aunque no los principios de hacer justicia y la dignidad.


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