El día a día de una obrera de escritorio

Columnistas
Abr, 2017
Artículo por Rocío Pérez
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El día de una investigadora/profesora obrera del que nadie habla, unas por interés, otras porque están seguras de que nadie va a creerlas, suele tener 24 horas. “¡Uff, qué exagerada!”, bramarán algunos. “¡Tremenda loca sin concepción de línea espacio-temporal!”, pondrán el grito en el cielo otras.

 

Toda la razón del mundo.

 

Me explico. La exageración me viene de los ancestros andaluces que son célebres, entre otras cosas, por exagerar “la caló” que hace por allí a las tres de la tarde para trabajar, total con unos 45 graditos de “ná”, qué cara más dura tienen. ¿Ven? Unos exagerados, solo hace unos 42 grados de media, de qué se quejan. Lo de la ausencia de la percepción espacio-tiempo es cosecha propia, fruto de trabajar para la querida academia unos siete días a la semana unas 24 horas al día. Porque si ustedes creen que se descansa cuando se consigue dormir algo, están ustedes muy equivocadas. No hay nada mejor que llevarse un objeto de estudio social a la cama (me estoy refiriendo conceptualmente, no a acostarme con alguien de esta sociedad), analizarlo mientras se duermen unas cinco o seis horas –con suerte–, y amanecer como en un apocalipsis zombi pero con una respuesta dando vueltas a la cabeza y que será materializada tras una conexión por vía intravenosa con la cafetera, artefacto que ha salvado miles de vidas académicas.

 

Como ven, jornadas de veinticuatro horas.

 

Estas veinticuatro horas se distribuyen heterogéneamente según la condición alcanzada por la obrera de escritorio. Es bien conocido –y sufrid–, que al subir de nivel o “digievolucionar” hasta burgués de escritorio (y digo burgués para no perder de vista que ellos siguen siendo más ahí arriba. No perdamos las buenas costumbres de los feminismos), la distribución horaria deja más tiempo para ir a los “sitios desconocidos no informados” para hacer “cosas académicas sin especificación concreta”, tomar un “café de trabajo” de unas dos horas, poner un nombre en un paper en primer lugar sin saber cuál es el título del artículo o viajar con gastos pagados haciendo un tipo de “turismo académico” muy apreciado por su, digamos, utilidad.

 

Pero volvamos a la base del capital cultural –parafraseando el manoseado esquema del señor Bourdieu–, a las obreras de escritorio. Esta especie que aún tiene la ilusión de que con su esfuerzo, trabajo y formas distintas de interaccionar con el estudiantado, puede cambiar el jerárquico mundo de Universidad. Pobres. Casi hasta me doy pena a mí misma y del resto de obreras que conozco y no conozco. Esta especie que tras horas de estar sentada en una oficina –porque está requetecomprobado que la producción científica es directamente proporcional a las veces que se pone el dedo en el aparato de reconocimiento de huella digital o a las veces que el director, cuando le da por pasar por la oficina o llamar, comprueba que estás religiosamente allí, con las posaderas bien pegadas a la silla–, y necesita investigar a través de un trabajo de campo, se ve inmersa en una batalla burocrática de la que huiría el propio Aquiles.

 

La burocracia, esa sensación de desarrollo y progreso administrativo que se está convirtiendo en la cárcel de la investigación y la dinamización de las clases. Por cierto, la burguesía de escritorio también suele estar exenta de esto. Se ve que con llegar y hablar de las experiencias personales o llegar con el mismo temario de los últimos quince años, es suficiente. Jóvenes, si cuenta su vida, es un cuentacuentos, no un profesor, háganselo saber, porque igual lo desconoce y está desaprovechando su capacidad. No tan jóvenes, si se han pasado los mismos apuntes durante los últimos años es un vago, háganselo saber también, igual le hacen un favor y consiguen (de)volverlo a la vida académica.

 

Porque al final, quienes lo pagan son ustedes. Pagan por nuestras jornadas obreras interminables. Pagan por la explotación de un profesorado y su frustración ante la imposibilidad de preparar en una hora asignada a la semana sus dos o tres asignaturas (de unas cuatro horas de media semanales), corregir textos, trabajos, exámenes y preparar todas las clases (aunque en las preciosas disposiciones académicas dicen que por cada hora de clase debería haber cuatro horas de preparación y correcciones). Pagan por el agotamiento de las y los investigadores por investigar en unas insuficientes veinte horas de investigación asignadas a la semana para leer, hacer trabajo de campo y escribir artículos en revistas indexadas de impacto. Pagan por una burocracia asfixiante que roba unas dos horas diarias. Pagan porque nunca podemos desconectar, nunca tenemos tiempo libre (les informo que cuando no hay clase, la producción científica nunca falta y la carrera por publicar es evaluada constantemente por la burocracia) y eso acaba enloqueciendo a cualquiera. Y pagan, también, por aburguesamientos intolerables.

 

El día de una obrera de escritorio del que nadie habla. Pero, total, ¿por qué quejarse?

 


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