De viajes y de historias…

Columnistas
Nov, 2017
Artículo por Rocío Pérez
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  • Quizás porque soy migrante tengo la perspectiva de quién no tiene una sola tierra o una sola patria. Quizás porque he sentido en mi propia piel las dificultades de querer llegar a otro lugar para tener una vida mejor tengo una especial empatía por quienes empezaron una nueva vida, una o unas cuantas veces.

    Quizás porque la ausencia, la lejanía y la soledad son partes de nuestras historias de vida compartidas a pesar de dónde vengamos y donde vayamos, tengo un vínculo especial con las y los parias de la tierra.

    Quizás por lo que implica en mi caso una experiencia migratoria –avión, un título de algo, un pasaporte europeo–… privilegios que atraviesan mi historia de movilidad –voy a decir económica– y que la alejan de otras forma mucho más difíciles de llegar a otro país… no puedo dejar de pensar en las asimetrías, en personas de primera, segunda y última categoría, en exclusión, en personas que arriesgan sus vidas para buscar un derecho a una vida digna, en peligrosos caminos, en las decepciones cuando se llega a la «tierra de las oportunidades», en xenofobia, en deportaciones… cuando hablo de migración.

    Quizás porque a pesar de estos privilegios también soy migrante me detengo a escuchar cada una de las historias.

    Una de las que más se fijó en mi memoria me la contó una joven cuencana en una peluquería en la que trabajaba. Esta joven de dieciséis años quería irse a trabajar a Estados Unidos. Me contaba entusiasmada cómo había hecho una « amiga de autobús» que le había propuesto ir con un grupo que iba a salir en un par de meses a intentar pasar la frontera.

    Jimena apenas podía contener la emoción mientras hablaba sin parar de todo lo que iba a trabajar y a estudiar cuando estuviese en Estados Unidos, mientras, yo la miraba a través del espejo preguntándome qué posibilidades tenía una chica de dieciséis años de llegar hasta allí sin daño alguno y, en el mejor de los casos, qué tipo de trabajo podría conseguir una vez allí –y en qué condiciones–, sin papeles y sin hablar inglés.

    Pero el escenario que yo veía no era compartido por Jimena. Ella trabajaba diez horas de lunes a sábado en esa peluquería por 250 dólares al mes de los que apenas se quedaba con nada, ya que una gran parte iba para la economía familiar.

    Llevaba un año trabajando así. Jimena soñaba con irse y ganar mucho dinero para comprarle a su familia una casa, quería irse a estudiar, cosa que no tenía posibilidad de hacer aquí por su horario de trabajo, y las horas que pudiera trabajar le daban igual, no podrían ser muchas más que aquí y por lo que había oído, iba a ganar como siete u ocho veces más.

    Jimena se había propuesto ahorrar todo lo que pudiera para poder pagarse el viaje. Estaba buscando otro trabajo además del que ya tenía, para el domingo o para las noches. Se había propuesto juntar todo el dinero posible antes de irse y estaba pensando a quien iba a pedirle dinero prestado. «Todo el mundo vive endeudado».

    Resulta difícil decir algo en momentos así… como mujer, como española, como antropóloga, como migrante. Resulta igualmente difícil no decir nada, por lo mismo.

    «No te vayas mija. Es muy peligroso. Quédate aquí y sigue trabajando diez horas al día por 250 dólares al mes». «Vete. Lucha por lo que quieres». «No te dejes engañar, los coyotes te prometen el paraíso y solo esperan recibir tu dinero para mandarte al infierno». «Quizás lo consigas». «Abandona este trabajo, búscate otro mejor, seguro que puedes»… y tantas otras cosas paternalistas y de metiche que se te pasan por la cabeza.

    Al final, por esa imperiosa necesidad que tenemos los humanos de no callarnos la boca le pedí que antes de irse buscase y hablase con otras personas que habían intentado cruzar, para que le contaran su experiencia, para que le aconsejasen, para que pudiera escuchar sus voces, ver sus ojos.

    Ella me aseguró que lo haría creo que por la mal disimulada preocupación de mi rostro, una nunca es una antropóloga adecuada en estos casos, igual tampoco quiere serlo. Me marché triste. Triste porque no somos capaces de generar las condiciones para que vivamos dignamente, triste porque si podemos explotar a alguien para sacar beneficio, generalmente explotamos, triste porque no sabía si cuando volviese iba a verla.

    Triste porque a pesar de todo, quién era yo para decirle a nadie lo que debía o no hacer con su vida.

    Volví meses después. Jimena me sonrió con un peine en la mano.

    Si quieres leer más artículos de esta autora, puedes encontrarlos aquí: https://republicasur.com/?s=rocio&x=0&y=0

     


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