Es el cuento de nunca acabar…

Columnistas
Oct, 2016
Artículo por Rocío Pérez
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  • Desde que eres pequeña tienes que oír constantemente perlas como: “si juegas con la tierra te vas a manchar”, “subir a los árboles no es de señoritas”, “eso es de chicos” o la consabida y consagrada arma de normalización esgrimida recurrentemente por familia y amigos: “eres una machota” o “eres una marimacho” -léase según país de procedencia-, y es que ya, desde la temprana infancia no te dejan ni jugar en paz. Así no resulta extraño que una acabe creciendo creyendo que su lugar en el recreo es estar sentada en la esquina del patio del colegio jugando a ser una linda, sumisa y pasiva princesita sin mancha alguna cuya construcción identitaria debe pasar, ineludiblemente, por la aprobación de su capacidad de alcanzar dicho título nobiliario. De este modo, una crece ansiando escuchar “qué guapa”, “qué belleza”, “qué tranquila”, “qué limpia”, “que linda mijita”, pero no “qué inteligente”, “qué activa”, “qué creativa”. Sí, sí, todas y todos hemos dicho esto también. Seguro que es lo que más se les dice a las niñas cuando son vestidas con esos vestidos de volantes, lentejuelas y lacitos rosas, cuando las adornan cual árboles de navidad con joyas falsas, cuando les enseñan a pintarse las uñas y la cara- sin que se note, para parecer natural-, y cuando les muestran como posar guapa y sexy en una foto con ocho años. Sí, sí, no hacemos eso, las miles de fotos se hacen solas y luego se suben a Facebook o Instagram por ciencia infusa o gracia divina.

    No olvidemos, no obstante, que con los chicos -voy a seguir metiéndome con los roles de socialización exclusivamente- pasa un tanto de lo mismo. Cuántas veces hemos escuchado -y hemos dicho-, “los niños no lloran”, “no juegues con muñecas” o la eficaz “pareces una niña” –por cierto, ¿qué tendrá esto de malo? Y, si esto tiene algo de malo ¿por qué criamos y educamos a nuestras niñas para ser algo que nadie quiere ser?-. Así, los niños crecen creyendo que son los dueños de todo el resto del espacio activo del patio del colegio que las niñas no usan, piensan que ser niña es una mierda -y así van a tratarnos muchas veces-, están absolutamente convencidos de que cuidar es cosa de chicas y construyen el privilegio de cosificar la valía de las niñas en relación a su aspecto y su nivel de sumisión a sus deseos. Y, cuando las niñas no responden adecuadamente a esto son “tontas”, entre otras cosas.

    Claro, hay excepciones a esto, afortunadamente. Ahora, mientras sigan siendo excepciones no vamos bien.

    No contentos y contentas con esto, llegamos a la adolescencia y ahí ya, es el “acabose”. No les hemos hablado de sexo ni a unos ni a otras. Parece que la forma natural de reproducción humana sigue siendo tabú y está condicionada por un contrato social llamado matrimonio y una aprobación religiosa que, en teoría, no tiene contacto con las formas de reproducción. Y, lo mejor de todo, es que todo el mundo participa de este discurso mientras las realidades cotidianas son otras. Un ejemplo. Embarazos con doce, trece y catorce años porque, por un lado a la “santa madre iglesia” le parece más importante negar y prohibir la sexualidad, desinformar y, luego, llamar a las chicas “pecadoras” y “malas mujeres” que participar de una comprensión sana de esta sexualidad y contribuir a educar y a evitar estas situaciones. Y, por otro lado, porque la forma de educar a nuestras niñas en relación a la necesidad de ser aceptadas como objeto de deseo masculino, les dice que si no ceden a los deseos de sus “novios”, ellos se irán con otras y las dejarán solas –y les hemos enseñado que una mujer sola no vale nada-, y que, si ellos no quieren usar preservativo porque no les gusta –claro, ellos no se quedan embarazados y no van a cuidar después-, no se usa, porque si lo pedimos, no vamos a ser las chicas sumisas que debemos ser, y, otra vez, van a irse con otras.

    Señoras y señores, hay que educar para todo, para lo sexual también. Eso no quiere decir que vamos a darles información para ser “pendejeros”. La educación sexual va de la mano de una educación en principios y valores. Les ayudará a construir una sexualidad igualitaria, respetuosa, lejos del imaginario del porno publicitario -sólo basta ver las imágenes de mujeres que inundan los comercios- y del porno en las relaciones sexuales –los videos más consumidos cuando ustedes hacen una simple consulta en Google. Con educación y valores, nuestros chicos y chicas van a conocer su cuerpo y van a tomar decisiones informadas sobre los hechos y sus consecuencias. Esta información va a empoderarles a decir “no” cuando no quieran entendiendo las presiones que la sociedad les impone a unas y a otros: a unas de objetos de consumo sumisos, a otros de consumidores voraces.

    Y, quizás así, acabemos de una vez con este cuento.


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