“Apaga la tele y lee”

Columnistas
Jul, 2016
Artículo por Rocío Pérez*
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No puedo evitarlo, la televisión me produce urticaria. Es mirarla de reojo y empezar a picarme el cuerpo de los pies a la cabeza. Porque, cuando esa caja de imágenes programadas y discursos conducidos se enciende, nuestro cerebro se va apagando en una agonía directa y peligrosamente proporcional.

 

Por cada vago que alimentamos televisivamente y que nunca ha dado un palo al agua más allá de haber tenido la dudosa habilidad de copular o intentar copular con otro espécimen poco evolucionado de la raza humana -recuerden que raza solo hay una, no lo digo yo, lo dice la ciencia-, se nos suicida una neurona de ira, asco y vergüenza. Por cada ignorante arrogante al que aplaudimos y que se cree con la legitimidad, por haber cantado alguna vez las canciones de otros, de decir a alguien lo que tiene que hacer, creer, decir o incluso, ser, se nos funde una conexión neuronal. Por cada reality que seguimos y que nos hace soñar con una fama rápida, tóxica y desprovista de esfuerzo y humanidad, nuestro córtex se cortocircuita incrédulo y hastiado ante tal ofensa.

 

Y es que, toda esta, digamos cortésmente, “inmundicia farándulera”, gana, en un día, a pulso de mando a distancia y decrecimiento neuronal, lo que nosotras y nosotros, obreros de escritorio, fábrica, construcción o campo, no ganaríamos en un año. Y eso, van a disculparme, es difícil de digerir cuando tu madre ha tenido que emigrar y dejarse la piel en tres trabajos a la vez para poder enviar un dinero con el que su familia pueda vivir y estudiar, o cuando tu hijo trabaja, estudia y colabora en casa, a la vez, para ser una persona mejor, más preparada y, además, ayudar a la familia. Yo no puedo, y ahí es donde empieza mi urticaria.

 

Urticaria que aumenta con las telenovelas, culebrones o, lo que es lo mismo, “coge el pañuelo Pepe, que siempre hay una historia en la que poner atención más importante y más dramática que nuestras propias vidas”. Porque debe ser que tenemos las nuestras muy bien gestionadas y trabajadas. Telenovelas donde ser un capo de la mafia se convierte en un modelo a seguir para los jóvenes, ya que tener poder y dinero rápido parece fácil, posible y cercano. Donde el tipo de amor que vende la sufrida y dulce Margarita Adelaida de la Monógama Vagina, más buena que el pan y mujer de un solo varón -aunque el varoncito en cuestión se revuelque con otras tres o cuatro por temporada- denigra a las mujeres hasta las entrañas y las engaña haciéndolas creer que “el amor todo lo puede” o que “ellas, como Juanas de arco del amor, van a poder cambiar lo malo de los hombres”. ¿No será mejor y más fácil cambiar de hombre? Pero no. Nada más tiene que volver Luis Alberto de todos los Santos Erectos lloroso, despeinado y con un pan debajo del brazo para recuperar su “amor verdadero” y al fruto fetal entre ambos, porque lo de usar condón tampoco se lleva en las telenovelas.

 

Por eso desterré mi televisión antes de que mi urticaria acabara conmigo a través de cantos, prédicas, discursos mañaneros, cacareos rosas o fútbol, ¡Oh!, ¡con el fútbol hemos topado!, este acontecimiento que paraliza países y revoluciones… cuánto tienen que aprender las protestas y las huelgas obreras… porque debe ser un honor ser un país campeón de fútbol del mundo, pero no ser un país con varios premios Nobel (aunque aquí, en petit comité, este señor Nobel y yo, tenemos nuestras diferencias).

 

Desterré la caja boba hará unos cinco años atrás. Fue una de las más enriquecedoras decisiones de mi vida. Porque, seamos serios, eso de que “la televisión te hace compañía”, parece más que dudoso, puesto que hasta un geranio es capaz de escuchar mejor. Lo del monólogo, “mono”-“logo”, creo que queda suficientemente claro. Lo único que produce la televisión es un ruido de fondo, un ruido constante y continuo que se mete en tu cabeza, te seduce, te atrapa y no te deja pensar en nada más. Función para la que, básicamente, fue creada.

 

Por ello, les propongo el ejercicio -ya saben que me gusta-, de silenciar ese ruido continúo en sus vidas y de escuchar el silencio. De escucharse a ustedes mismos. De escuchar a los demás. A ver qué pasa. Y, como decía La Bola de Cristal, un irreverente programa de televisión de los años ochenta que la casposa España no se ha atrevido a reponer jamás:

“Apaga la tele y lee”.

* Doctora sin bata. Viajera, antropo(i)log(ic)a, feminista y amante del buen vino. Obrera de escritorio aficionada a la locura pseudocontrolada y la búsqueda de un mundo mejor. Piensa que existen momentos de felicidad, pero que nunca hay que perder de vista que no todo el mundo la tiene. En los días malos renueva su carnet en una sociedad secreta que aboga por la extinción de la raza humana.


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