Una joven araña bajo la butaca del cine

Cine & Series
Jun, 2016
Artículo por Matías Heer
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Fuente: www.luismaram.com / Lost
Fuente: www.impawards.com / The Tudors

 

El silencio de la sala

El cine ha perdido su espacio: la sala de cine. Con ello también se ha desvanecido una parte de su mística: del ruido de la cinta corriendo detrás al motor de una laptop sobrecalentando. Descargar una película no lleva más de una hora, ver una película streaming no requiere más que un par de clicks; la computadora la podés poner en el living de tu casa, sobre tu barriga antes de irte a dormir, en la mesada de la cocina mientras hacés el canguil. Podemos ponernos nostálgicos, claro, reaccionarios, o preguntarnos si acaso ¿el cine perdió “su” espacio o, liberado de su formato habitual, ganó algo? Esta claro que en una computadora no se puede apreciar el lenguaje cinematográfico en su totalidad: las tomas de paisajes profundos de Tarkovski, las acuarelas bidimensionales de Sokurov, los complejos escenarios entramados de personajes, mobiliario y habitaciones de Greenaway, parecen miniaturas sin demasiado detalle y la paciencia, a veces, se pierde en 14 pulgadas de pixels apilados. Como los vinilos el espacio de la pantalla grande se ha vuelto un capricho del especialista o un deleite del aficionado. Hasta acá, el cine perdió: perdió su lienzo gigante y sus cintas (carísimas por cierto), perdió el espacio de concentración que demanda internarse dos horas en una sala, perdió la envoltura de sonido que provee las salas con buenos sistemas de audio, perdió su misticismo inicial… la retórica de Fellini sobre las problemáticas cinematográficas quedo apresada en computadoras personales como esos pajaritos que desperdician su vida en jaulas ínfimas. Pero no todo es pérdida: el cine zipeado permite formatos de distribución más económicos y globales, al tiempo que mucho cine clandestino logra filtrarse de los países de origen al exterior (el caso del cine de Medio Oriente es ejemplar). Pero, por sobre todo, la nueva cotidianeidad cinematográfica inclinó la balanza hacia un formato más ligero, más rápido y efectivo: las series. Aquí, creo, el cine ganó algunas cosas aunque, quizás, sólo sean preguntas.

 

 

Saltar sobre las tumbas

Las series actualmente representan uno de los fenómenos más llamativos del lenguaje audiovisual. Ahora bien, esto no significa que las series continúen con el mismo ahínco místico de las texturas del cine clásico. Algunas series han logrado afilar el lenguaje visual como observamos en las tomas de True Detective, con sus pantanos vacilantes y faulknereanos, con sus árboles enroscados y trémulos, o la fotografía excepcional de Utopía que destella en prolijidad, colores, trayendo al ojo atento algunas notas de Wes Anderson o, también, podemos permanecer boquiabiertos con los escenarios excepcionales de Boardwalk Empire. Sin embargo, todos estas delicias visuales ya no tienen la duración meditabunda del cine clásico, sino que se apilan, cristalizan y desvanecen, en cosa de segundos. Son golpes visuales, no cavilaciones. Esto nos alerta sobre una forma más ligera de elaborar el lenguaje audiovisual, aunque, como en los momentos más logrados de The Tudors y Mad Men, concentrada y cargada con la máxima expresión de sentido, como un haiku. Como señala Calvino, en sus Seis propuestas para el próximo milenio, levedad no tiene por qué ser flacidez. Por otro lado, el cine no es sólo lenguaje visual: Tarantino decía que antes de empezar a filmar una película elegía, primero, los tracks con los cuales iría construyendo ciertas escenas. Primero la melodía, luego la imagen. Las series se han alimentado de este lenguaje sonoro como podemos oír en Hannibal donde Reitzell explota al máximo el theremin, en Utopía donde Cristóbal Tapia de Veer realiza una asombrosa transformación de sonidos animales en delicada música electrónica, en The Leftovers con Max Ritcher a la cabeza, compositor de clásica y minimalista, o simplemente en la lista de canciones, abultada y hitera, de Breaking Bad que, muchas veces, son es la que hace perdurar en la memoria del espectador escenas de un mínimo lustre fotográfico, pero de una máxima tensión, incluso gracia, musical. Hasta acá, podemos decir que si bien las series no son cine, no logran la “profundidad” del cine, muchas de ellas logran sobresaltos cinematográficos, expuestos con una liviandad cercana a la que promulgaba Calvino cuando visualizaba a Cavalcanti saltando una tumba para escapar de sus agresores.

 

 

El ocaso de los ídolos

A excepción de directores que ya se habían consagrado en la pantalla grande como Sofia Coppola, Scorsese, Lynch, Alan Ball, etc., las series han cambiado los protagonistas de la industria audiovisual. Debido a que las series funcionan por prueba y error, muchas veces, invertir en un gran director no parece una apuesta conveniente para las productoras ni para los mismos directores. Por lo otro lado, la continuidad, a veces excesiva, hace que gran parte del peso recaiga sobre los actores, los guionistas y, por sobre todo, las productoras ¿qué seria de House of Cards sin Kevin Spacey y Netflix? ¿qué seria de Games of Thrones sin HBO? ¿de The Wire sin el impecable guión de David Simon? Los guiones necesitan coherencia y originalidad, requieren diálogos creativos como las divagaciones filosóficas de True Detective, la entrega por capítulos obliga a una tensión que en el cine es prescindible. La competencia ensimismada de series exige excelentes producciones: escenarios logrados, estéticas definidas, selección minuciosa de actores, perdurabilidad de dichas cualidades. Y, finalmente, nada de ello seria visible si los actores no dan cuerpo real a la suma de producción y guión. A su vez, tal continuidad, permite a los actores una mayor comprensión y compenetración en sus personajes, les permite explorar más facetas o hasta explorar formas escénicas más propias del teatro (Benedict Cumberbatch en Sherlock o Kyle MacLachlan en Twin Peaks son gratos ejemplos). De tal manera, la excesiva deificación de los directores que se produjo en el siglo XX cae paulatinamente igualándolos a las huestes de actores, guionistas, sonidistas, productores, etc., poniendo en evidencia la creación

grupal que exigen los lenguajes audiovisuales. Pero nada de esto ha sucedido por una especie de venganza estratégica de los rezagados trabajadores de la industria cinematográfica: el mercado y la tecnología han alterado las normas del cine. Las salas de cine, ya no dejan excedentes; los fondos, becas y producciones cinematográficas distan de los recursos económicos de antaño; la vieja tecnología fílmica no sólo ha entrado en desuso sino que, además, ha aumentado su costo. Una serie es algo simple y efectivo. Se pone online, se ve online, puede venderse a televisión de aire y cable; si no funcionan no se continúan, si funcionan sí.

 

 

Espectadores en busca de qué hablar

Desde el punto de vista del público también se produjo un cambio en la manera de ver. Para algunos la pauperización del espectador ha dado lugar al formato serie, hablan de un espectador corto de memoria y paciencia, incapaz de concentrarse en 2 horas fílmicas. Sin embargo, si lo pensamos un poco, muchos espectadores son capaces de engullir cuatro o cinco capítulos seguidos de una serie lo que equivale a más tiempo que el de una película corriente. Pero hay una sutil y fundamental diferencia. Dijimos que las series son, en sus mejores versiones, concentraciones máximas de significado cinematográfico, esto hace que en una serie la plenitud del guión, de los actores, de las visuales, de la música explote desde que comienza hasta que termina, mientras que en una película convencional hay que esperar horas para llegar a su plenitud. El formato fragmentario de la serie obliga a la concentración y a la tensión constante que proyectadas en una computadora, donde las distracciones son múltiples, logran superar el fino hilo de tensión que tiene el cine convencional. Pero también hay un detalle social: así como las novelas por entrega, de tiempos no tan remotos, proveían a las personas de una temática e interés mutuo, las series permiten este mismo acto de socialización. Por lo general, a las películas uno las ve y las comenta, brevemente, o extensamente, una vez, dos veces y, a medida que pasa el tiempo, sólo somos capaces de decir generalidades. Sin embargo, las series pueden ser comentadas constantemente a medida que un grupo de amigos o conocidos la ven. Quince años atrás el mejor ejemplo fue Lost: no había charla de fin de semana que no estuviera empapada de novedades sobre qué sucedió, quién engaña a quién, quién será el próximo en desaparecer, cuál es la causa, etc. Hoy día las series que se exhiben en sites como Netflix aparecen por temporadas completas, pero esto tampoco altera mucho el resultado pues nadie se encara una temporada en un día. Este tipo de diálogos, esta introducción de la serie en el habla cotidiano, sumado a la cotidianeidad de su visualización, produce una participación más activa del espectador. El espectador no reposa 2 horas en una butaca y sale lleno de información; sino que se sienta donde sea y va recopilando información que luego analiza y discute con amistades o personas cercanas. Bien ¿ganó o perdió el lenguaje cinematográfico con su actual inclinación a las series? Creo que ambas, aunque quizás lo ganado son más preguntas que respuestas. Y tales cuestionamientos no se reducen sólo al cine: la literatura, la fotografía, la pintura y demás artes han entrado en el mismo proceso devaluativo hace años. Pero si los cinéfilos prologaban el fin de la literatura en base a la supremacía sensitiva del cine, ahora habría que volver a cuestionarse cuál es esa supremacía ¿el cine no se habrá jactado demasiado de sí mismo?


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