Pastillitas: el día que conocí el cine, el día que me reconocí

Cine & Series
Nov, 2016
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Fuente: Pastillitas de Cristian Maldonado

Alguna inexplicable coincidencia ha hecho que casi todo lo que da vida llegue tarde para mí. La primera bocanada de aire en el momento de nacer tomó un tiempo considerable para ingresar a mis pulmones y servir de combustible para el primer llanto. Ni hablar de los amoríos que traen de la mano a los vicios… considerando los índices estadísticos actuales del inicio de la vida sexual y el consumo de sustancias, mi postergado encuentro con estos símbolos del primitivismo humano harían de mí el objeto anacrónico perfecto para el bullying. Todo llegó después, como la palabra que falta al poema y que resplandece en la mente justo el día en que lo ves publicado.

 

Tal cual fue con el arte. La vida de provincia, durante el siglo pasado, nos tenía a los adolescentes ocupados en otros placeres: el río, las fogatas nocturnas y, sobre todo, la libertad de crecer fuera de las cuatro paredes del hogar. Si bien con los años universitarios llegó un ideal verdadero (por así decirlo) de música y literatura; en lo que respecta al cine, el catálogo no superaba los diez clásicos films que se proyectan en los buses y que, de seguro, todos hemos visto ante el tedio que representa viajar por nuestros páramos andinos.

 

Ni los pintorescos anuncios hollywoodenses ni el olor a canguil o la posibilidad de un romance esporádico en una oscura sala de proyección despertaron en mí interés alguno en el séptimo arte. En la cosecha de amores incompletos de aquellos días, una cuencana, muy entusiasmada con el despertar del arte visual de la ciudad, fue quien pudo más que el neón publicitario de los cines. Un noviembre del año 2011, la ciudad de Cuenca había dado luz a una de las plataformas artísticas más importantes de su historia: el Primer Festival de Cine “La Orquídea”.

 

Y allí estaba yo, al lado de la cuencana, en la jornada de proyección de cortometrajes ecuatorianos. Cristian Maldonado, director de Pastillitas (ganador del primer premio, en la sección “cortometrajes” de esa edición del festival) dijo:

 

“En el momento en que fue realizado Pastillitas, me cuestionaba mucho sobre cuánto toleramos los gustos musicales de las demás personas, si la música que escuchamos realmente es la mejor, o solo es la mejor porque nos gusta tanto; si tenemos derecho a decir que los demás estilos de música, que no gozan de nuestro beneplácito, son “buena” o “mala” música. La tolerancia es el tema que gira en torno al cortometraje.”

 

Sin embargo, Maldonado fue más allá de su idea primigenia. Su obra es el reflejo del ser humano común a través de la cotidianeidad y su búsqueda de posibilidades para hacer frente a este “mundo de mierda” (como dice la voz en off, en la última línea del guion). La alternativa que se manifiesta es la música que no solo se traduce en música, sino en un simbolismo aún más representativo: internarse en lo más profundo de sí mismo, allí donde nace aquello que conocemos como arte, allí donde se develan los misterios del universo y encontramos las respuestas. Así es como se le hace frente al mundo, sumergiéndonos en esas trincheras que pocos conocen: la introspección, la reflexión y el pensamiento.

 

La sala, de pronto, se oscurece. Tomás Bonilla aparece en la pantalla y dudo, no sé si él se parece a mí o yo a él: un tipo normal que vive solo y se hace las comidas él solo. Pienso, ¿será que he acudido a presenciar mis pocos minutos de fama a través del fenotipo de otra persona? No, he presenciado la vida misma, aquella que uno vive pero que no es consciente de cómo la vive. En esa iluminación tan simple radica otra de las riquezas de esta producción.

 

Pastillitas nace, por extraño que parezca, como un trabajo académico enfocado en la temática del bue vivir. Cuando fue producido, Cristian y parte del equipo cursaban el segundo semestre de la Licenciatura de Cine en la universidad de Cuenca. Según Maldonado, “un escueto guion, dinero suficiente para un almuerzo decente y las ganas de hacer cine”, fue toda la materia prima utilizada para estos cuatro emotivos minutos que dura el cortometraje. Hoy, luego de todos los reconocimientos y presentaciones, el cortometraje es una joya y uno de los principales referentes de las producciones audiovisuales en el cine cuencano.El “Coco” Maldonado, un director al que hay que ver con atención.

 

Como ese encanto de tropezarnos con la misma piedra vestida de falda, cada vez; tal cual ese clásico musical que no se oxida, pese a las tantas veces que lo escuchemos; ver nuevamente Pastillitas perpetúa el destello de la misma emotividad en los poros y en la cornisa de la garganta. Como a través de los ojos de una buena amante uno conoce el amor y en el fluir de ese sentimiento se evidencia nuestra propia vulnerabilidad. Con Pastillitas no solo conocí el cine, es una posibilidad universal de reconocernos en la finita prolongación de sus fotogramas y trascender del blanco y negro al color, tan solo con una dosis de magia, que suena a melodía de Pink Floyd.

 

En la música todos los sentimientos
vuelven a su estado puro y
el mundo no es sino música hecha realidad.
Arthur Schopenhauer


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