Antes que las horas caigan

Cine & Series
Jun, 2017
Artículo por Leo Espinoza
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Fuente: Fotorama de "Before Midnight"
Fuente: Fotorama de "Before Sunrise"

Escribo esto devastado y necesitado de amor. Después de ver por primera vez la trilogía de Richard Linklater, me encontraba en una relación que estaba inevitablemente llegando a su fin. No podía continuar sin replicar la situación de Céline y Jesse en mi vida, y no podía alejarme de la fantasía romántica de encontrar un amor tan intenso de forma tan espontánea. Así es el aire potente y pegajoso que suelta este cine para valientes. Solo personas dispuestas a hundirse en huecos de nostalgia y preguntas hipotéticas acerca de su vida y amores que pudieron haber sido, deberían enfrentarse a películas de este calibre.

 

La infatuación autoconsciente y la búsqueda de una aventura amorosa en Before Sunrise, los recuerdos y el concepto de un pasado idealizado en Before Sunset y la confrontación de lo que significa construir y mantener un amor verdadero en Before Midnight, reflejan momentos en nuestra vida moderna y privilegiada; situaciones a las que nos enfrentamos por alguna razón en varios momentos de nuestra existencia. Para el director Richard Linklater y los actores

 

Ethan Hawke y Julie Delpy, estas ideas no pueden ser comunicadas si es que el espectador no está en el mismo lugar que los personajes, si es que no vive junto a ellos su proceso de construcción emocional a través de los años. Así que nos colocan (accidentalmente según entrevistas y declaraciones de los realizadores) en un universo dramático que transcurre en tiempo real, a través de treinta años calendario de construcción narrativa. Estudiar las películas en una sola sentada, demuestra cómo el cine inmortaliza eventos, personajes y emociones; mostrando un episodio cada diez años que revela decisiones significativas dentro de las vidas de Céline y Jesse.

 

Siento envidia del concepto que aquí se proyecta como amor perfecto. Un amor intelectual, caliente, espontáneo y no desgastado por el paso del tiempo. Sin embargo, las películas sabiamente cuestionan esta noción idealizada de la atracción. Entre los cientos de líneas que intercambian los personajes, la mayoría tienen sustento en entender la condición humana, en saber por qué nos sentimos tan solos siempre y cómo manejar los diferentes capítulos que se presentan dentro de una relación. Este es el concepto central de las películas, que parecen en primera instancia historias románticas, pero terminan despedazando la noción fantasiosa del amor y transformándola en algo que se parece más a lo que sentimos en la vida real. Observamos la contradicción de los personajes, entre su búsqueda de algo impulsivo y apasionado versus la necesidad de tener a alguien constante que les saque de la incertidumbre que sienten en estas tres etapas de su vida.

 

Lo que me estremece de esta historia, es cómo se transmite tan empáticamente; cómo en cada escena nos ponemos en los zapatos de los protagonistas. Creo que tiene mucho que ver con la manipulación temporal. Me resuena en la cabeza la idea de Andrei Tarkovsky, de cómo el cine se trata básicamente de esculpir en el tiempo. Un concepto que llega a ser especialmente cierto en esta trilogía que literalmente se construye en intervalos de una década entre cada entrega. Pero también internamente, con el uso de planos largos y sostenidos por diálogo, para hacernos perder la noción de cuánto ha transcurrido; como cuando nos ha tocado hablar con personas que nos atraen y se nos vuelan las horas. Céline y Jesse son atractivos gracias a su tridimensionalidad, por estar construidos como seres humanos completos, evitando la noción expirada de representaciones ideológicas de belleza. Y los diálogos que intercambian son manuales de cortejo intelectual: juegos y curiosidad al inicio, gradualmente transformándose en estrategias, recuerdos y confesiones, para en la tercera película convertirse en situaciones de confrontación, mediación y aceptación.

 

Aun sin haber tenido la conciencia suficiente para envejecer junto a los personajes ‒tenía 23 al ver las películas por primera vez, la edad de Jesse en la primera entrega)‒, puedo afirmar con certeza que causa escalofríos sentir el crecimiento real de los protagonistas, mirando a través de estrechas ventanas, las distintas etapas de sus vidas. Me hacen reflexionar sobre mis propios conceptos transitorios de mortalidad, tiempo y amor; y esto siempre me saca alguna lágrima y algún sentimiento de ansiedad.

 

Lo que nos mantiene preocupados en estas películas es la inevitable noción de que el amor llega a su fin. No es sorprendente que en Before Midnight, nos enfrentemos al distanciamiento emocional, una nube negra constante sobre la cabeza de los protagonistas, razón por la que idealizan y resguardan su primera noche en Viena. El hambre de descubrirse el uno al otro se ha sustituido por la necesidad de mantener la relación estable y evitar convertirse en una pareja que no se aguanta.

 

Los romances escénicos no suelen requerir secuelas, pues se resuelven en su propio tiempo y espacio. Los intentos de ir más allá de la conclusión, tienden a arruinar la idea de un final feliz. Pero esta no es una trilogía acerca del romance. Es acerca del amor, real y complicado, sin finales definidos. Cada capítulo confronta posibilidades y decepciones, fantasías y realidades, pasado y presente… El amor nos complica, pero necesitamos de él, y necesitamos idealizarlo para así sentirnos motivados a seguir enamorándonos.

 

Me siento atrapado en un estilo de vida. En una situación que se escapa de cualquier posibilidad de encuentro a lo Before Sunrise. En una ciudad que no tiene un intercambio constante de personas. Rodeado de gente que no está abierta a encuentros de este tipo. En un mundo que no permite estos acercamientos, pues ahora todos se conocen a través del celular. La idealización del romance ha muerto.

 

Pero estas películas me han demostrado que eso no está tan mal. No tenemos que enamorarnos de una idea. Como dice uno de los amigos de Jesse en Before Midnight: «No se trata del amor por una única persona, sino del amor por la vida».


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