Las aventuras cinematográficas de Don Quijote

Cine & Series
Jul, 2016
Artículo por José Manuel Rambla
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Fuente: Museu del Cinema / Colección Tomàs Mallol (Girona)

Cuando pensamos en una novela, lo primero que nos viene a la mente es la complejidad de su trama, el universo que el autor nos ha creado, la solidez de sus personajes o la habilidad con que el escritor fue capaz de jugar con las palabras y el idioma. Sin embargo, si nos preguntamos por El Quijote lo normal es que en lo primero que pensamos sea en una imagen: la del hidalgo escuálido, las siluetas del caballero y su escudero, la de unos molinos. A ello no es ajena la amplia iconografía que acumula la novela de Cervantes desde que, en 1618, el francés Leonard Gautier comenzó a fijar un modelo visual que desarrollarían innumerables artistas como Delacroix, Goya, Daumier, Dalí, Picasso o Antonio Saura. La lista es interminable, aunque sin duda serán los grabados de Gustave Doré de 1863 los que más han marcado nuestro imaginario.

 

Sin embargo, no faltan voces que subrayan el camino inverso, es decir, que es precisamente la fuerte carga visual de la novela la que ha servido de inspiración a los artistas. Porque El Quijote es una novela escrita para los sentidos. José María Blecua, aplicando herramientas informáticas, lo terminó de corroborar al mostrar cómo entre las expresiones más repetidas del texto destacan verbos como decir, oír o escuchar, lógico, si pensamos en la importancia de sus diálogos. Pero no solo, también sobresalen acciones como ver o mirar, algo nada extraño para un relato basado en gran medida en la confrontación de puntos de vista, en el juego de visiones de la realidad que enfrenta al Quijote con el resto de personajes.

 

Esta prevalencia de la vista y el oído, dos sentidos básicos en el cine, ha llevado al académico Dario Villanueva a plantear a El Quijote como una novela precinematográfica. La hipótesis no es descabellada si pensamos que, aunque no llegó a conocer su trabajo, Miguel de Cervantes es contemporáneo de Atanasio Kircher, el padre de la linterna mágica, invento que se popularizó a partir del siglo XVIII. Y para estas linternas mágicas, comenzarían a comercializarse en la segunda mitad del siglo XIX placas de vidrio con las aventuras del caballero de la Mancha, como las distribuidas por la firma francesa Lapierre o la alemana Gefährlicher Ruheplatz, que hoy se conservan en el Museo del Cine de Girona, junto con una no menos curiosa cinta para zootropo. Serán las primeras adaptaciones de la novela para su proyección sobre una pantalla.

 

Villanueva incluso llega más lejos al defender que la propia novela presenta rasgos que el cine asumirá más tarde en el proceso de generar un lenguaje propio: su estructuración en escenas, la preminencia de los diálogos, situaciones cómicos que parecen gags de una comedia slapstick. Pero incluso, a su juicio, algunas partes del texto parecen articularse prefigurando auténticos movimientos de cámara.

 

Con estos antecedentes no sorprende que en 1898 -solo tres años después de que los Lumière presentaran su invento- la firma Gaumont realizara ya la primera adaptación del Quijote para el cinematógrafo. Por desgracia no se ha conservado ninguna copia y de ella solo sabemos que fue una única escena de apenas un minuto. Mejor suerte correría Las aventuras de Don Quijote (1903), una producción de Pathé dirigida por Lucien Nonguet con la colaboración de Ferdinand Zecca y que es considerado el primer largometraje de la historia. Duraba nada menos que 20 minutos y su metraje provocó tantas quejas entre los exhibidores que la productora tuvo que poner en circulación una versión más corta.

 

La novela cervantina también despertaría por aquellos años el interés de uno de los grandes pioneros, Georges Méliès que en 1908 rodó Aventuras de Don Quijote. Al parecer se trata solo de una escena que por desgracia ha desaparecido. La misma suerte correría el filme que en 1909 anunciaba el fotógrafo catalán Narcís Cuyas, del que solo se sabe que contaba con la participación del actor Arturo Buxens. Se trataría de la primera adaptación española de la novela, aunque se desconoce si el proyecto llegó a realizarse.

 

Unos años más tarde, el interés por el Quijote se trasladaría a Hollywood. Allí realizará Edward Dillon en 1916 la primera adaptación norteamericana de la novela. El filme, que contó con la supervisión de Griffith, será la primera versión que verá modificado el argumento para conciliarlo al gusto hollywoodiano: en ella don Quijote es un loco de buen corazón que tras la aventura de los molinos, luchará contra el malvado Don Fernando para que los enamorados Cardenio y Luscinda puedan reencontrarse en un edulcorado final feliz.

 

De este periodo mudo nos llegarán también las primeras parodias del tema, como la italiana La parodia de Don Quijote (1911). Y algunas rarezas, como Il sogno di don Chisciotte (1915) de Amleto Palermi, un filme de propaganda de guerra que transforma al Quijote en un loco malvado, encarnación del káiser. O la producción norteamericana Don Quickshot of the Rio Grande (1923), un western de Georges Marshall, basado en un cuento de Stephen Chalmers, donde el actor Jack Hoaxie encarna a un vaquero aficionado al Quijote. De aquellos años es igualmente la producción danesa, Don Quijote de la Mancha (1926) de Lau Lauritzen, protagonizada por los cómicos Pat y Patachón, el filme se rodó en España sin regatear medios para convertirse en una más que digna adaptación.

 

Con la llegada del cine sonoro, el Quijote muy pronto tomaría la palabra en la gran pantalla. Será en 1933 a iniciativa del cantante de ópera Fiodor Chaliapin. Chaliapin había participado al personaje en la ópera de Jules Massenet y estaba tan fascinado que quiso llevar la historia al cine. Intentó que Eisenstein o Charles Chaplin dirigieran la película, pero no tuvo éxito. Finalmente, el trabajo recayó en Georg Wilhelm Pabst, considerado entonces uno de los directores europeos, junto a Fritz Lang, más importantes. Pabst había abandonado Alemania en vísperas del ascenso de Hitler y aquella vivencia dejará huella política en la película: la historia de un caballero errante era cercana a su experiencia de exilio, la quema de libros de la escena final era más próxima a la Alemania nazi que a la Inquisición.

 

Esta versión de Pabst, como antes la de Lauritzen, fue recibida con menosprecio en la España franquista que veía como una afrenta que fueran cineastas extranjeros quienes llevaran a la pantalla un clásico nacional. Para acabar con ese “agravio”, Cifesa contrató a Rafael Gil, un cineasta con experiencia de adaptaciones literarias, para dirigir un Quijote “verdadero”. Llevado por ese afán de fidelidad, Gil tomó la novela casi al pie de la letra, aunque suprimiendo historias paralelas obligado por la necesidad de síntesis. También desapareció de su adaptación la ironía cervantina, así como las alusiones al hambre o los palos recibidos por el héroe y su escudero, dos cuestiones que eran tabú en la España de la posguerra. Gil nos presenta una locura sublime en un Quijote “idealista” acompañado por un Sancho “realista”, y juntos proyectados como parte de esa identidad nacional que defendía el franquismo. En la misma línea ideológica, sobrecargó el componente católico de la historia.

Fuente: Museu del Cinema – Colección Tomàs Mallol (Girona)

 

En la antítesis política y geográfica, Grigori Kozintsev filmaría en 1957 su adaptación de la novela de Cervantes. Cineasta implicado con la revolución y la experimentación artística, el stalinismo obligaría durante años a Kozintsev a renunciar a esa experimentación. Tras la muerte de Stalin, como otros cineastas soviéticos, volverá su mirada a los clásicos literarios como una alternativa al encorsetamiento del realismo socialista y una forma de abordar otros asuntos como el drama del individuo. Al elegir la obra de Cervantes, el cineasta continúa una vieja tradición quijotesca presente en la cultura rusa. Kozintsev se deja influir especialmente por Dostoievski y esa fusión entre Quijote y Cristo presente en su personaje del príncipe Mishkin de El idiota. Así, su película transmite una visión idealista del Quijote, casi mística, que algunos definen como una propuesta de cristianismo marxista. Con todo, el cineasta quiso también ser fiel al espíritu español para lo que buscó el asesoramiento del escultor Alberto Sánchez Pérez, exiliado en Moscú. El filme también destaca por su tratamiento iconográfico muy influido por Daumier, el Greco o Velázquez.

 

No poca influencia de Nikolai Chercasov, el actor que encarna el Quijote en la película de Kozintsev, hay en la interpretación que Peter O’Toole hará del personaje en 1972 en El Man of La Mancha. Pero aquí se acaban las comparaciones. La película, dirigida por Athur Hiller, es la versión cinematográfica del musical de Dale Wasserman, uno de los mayores éxitos internaciones de Broadway. Sin embargo, el filme no tuvo ese éxito, entre otras cosas por las limitaciones musicales de sus protagonistas, Peter O’Toole y Sofía Loren. Por lo demás, es una cinta con pocos atractivos basada en una interpretación absolutamente libre de Wasserman, que se vanagloriaba de no haber leído la novela. Se trata de una exaltación del genio incomprendido, a la que se suma un cierto pastiche entre el filme de Pabst y la obra teatral de Gaston Bay sobre Dulcinea redimida por la fe.

 

Esta relación entre el Quijote y la música no era nueva. Ya estaba en Pabst y antes en las numerosas óperas y piezas musicales más o menos inspiradas en la novela como la de Massenet. También el ballet se había ocupado, siendo ya clásicas las coreografías de Marius Petipa con música de Ludwig Minkus. Esta vertiente coreográfica tuvo su presencia cinematográfica más interesante en la versión promovida en 1973 por Rudolf Nureyev y Robert Helpmann. En realidad es una adaptación libre de la escena de las bodas de Camacho que tiene el mérito de huir de esa filmación teatral típica del ballet para asumir un planteamiento plenamente cinematográfico.

 

Con un planteamiento muy diferente, el realizador Mexicano Roberto Gavaldón estrena en 1973 Don Quijote cabalga de nuevo la versión que más público llevó a las salas españolas. Su éxito, no viene tanto del referente literario como la presencia del actor cómico mexicano Mario Moreno, Cantinflas interpretando a Sancho. De hecho, la película solo busca su lucimiento y resulta triste ver desaprovechada la interpretación de don Quijote por Fernando Fernán Gómez, sin duda uno de los grandes candidatos para el papel.

 

Como en el caso de la música, también es vieja la relación entre el libro y el teatro, iniciada desde que el dramaturgo valenciano Guillén de Castro presentará en 1606 dos piezas inspiradas en ella: El curioso impertinente y Don Quijote de la Mancha. Y es esta línea se enmarca el Don Chisciotte del realizador teatral italiano Maurizio Scaparro. Se trata de un ambicioso proyecto multimedia de 1984 que incluía un montaje teatral y una grabación filmada en una doble versión: como serie televisiva y como película. Scaparro contó con el guionista más creativo y lúcido que ha tenido el cine español, Rafael Azcona. La propuesta renuncia a la ironía cervantina y sobredimensiona la parte trágica. Aquí el Quijote emprende un viaje interior en el que los actores que le rodean serán su único contacto con una historia de la que ignoramos si es real. El resultado es una de las adaptaciones más interesantes y también una de las menos conocidas.

 

Si en 1948 Cifesa quiso realizar la versión canónica española de la novela, algo similar se planteará Pilar Miró cuando a finales de los años 80, estando al frente de RTVE, decida promover una nueva versión. Para llevarla a cabo eligió a un director, Manuel Gutierrez Aragón que paradójicamente se había hecho dos promesas: no adaptar ninguna obra literaria y no trabajar nunca para televisión. El resultado, en cualquier caso, fue un acierto porque si algo caracteriza el cine Gutiérrez Aragón, como él mismo reconoce, es su mirada cervantina. Para dotar de mayor prestigio al proyecto, se encargó el guion a Camilo José Cela, miembro de la Real Academia y Premio Nobel. Sin embargo, cuando el director recibió su guion quedó espantado y tuvo reescribirlo por completo. Pese a ello, TVE mantuvo en los créditos a Cela, en parte por prestigio y en parte para evitar un escándalo ya que había pagado una millonada por aquel guion inservible. La anécdota todavía se complica más ya que al parecer Cela ni siquiera había escrito aquello y había delegado en su hijo Camilo J Cela Conde y en Fernando Corugedo el trabajo. De este modo, sin proponérselo la serie planteaba todo un juego de autorías típicamente cervantino.

 

Para encarnar al Quijote se pensó en el italiano Vitorio Gasmman, pero finalmente el papel fue interpretado por Fernando Rey. Otra elección acertada ya que tanto él como Alfredo Landa en el papel de Sancho, realizaron unas interpretaciones memorables. Los trabajos se demoraron en la fase de montaje y postproducción y la serie de cinco capítulos correspondiente al libro primero, se estrenó en 1991. El resultado fue una producción lineal, en la que Gutiérrez Aragón sigue fielmente al libro, ajustándose así a la vocación didáctico-televisiva de las narraciones académicas. Pero al mismo tiempo dotó a la serie de un discurso interno impregnado con las características de la narración cervantina.

 

RTVE tenía previsto acometer también el rodaje de la segunda parte del Quijote, pero diversos hechos lo impidieron, entre ellos la muerte de Fernando Rey. Pese a ello, Gutiérrez Aragón asumiría diez años más tarde el reto de filmar esta segunda parte con su filme El caballero don Quijote, con Juan Luis Gallardo y Carlos Iglesias en los papeles principales y una más que considerable mengua en los recursos de producción. En esta ocasión el filme se desvincula del seguimiento fiel del texto para resaltar la escritura cervantina acentuando los juegos intertextuales, especialmente reforzando la autoconciencia de ficción en el personaje del Quijote con el protagonismo que tendrá la aparición del falso Quijote de Avellaneda.

 

Quien no tuvo estos problemas presupuestarios fue Peter Yates que en el año 2000 estrenaba su adaptación para televisión, con John Lithgow en el papel de Quijote y Bob Hoskins como Sancho. Se trata de una versión bastante fiel de original, aunque subrayando los tópicos de una Mancha transformada en Andalucía y unos vestuarios que remiten a un indeterminado siglo XIX. Por lo demás destaca por el uso de efectos especiales y por unas concesiones a lo políticamente correcto curiosas: así, por ejemplo, el papel de Dulcinea/Aldonza será interpretado por Vanessa Williams, una actriz afroamericana, algo que será justificado por los productores con el argumento de que España está cerca de África.

 

Paradójicamente, una panorámica del Quijote en el cine no estaría completa sin hablar de los muchos proyectos frustrados. También aquí la lista es interminable: Abel Gance intentó hacerlo en los años 20, en los años 40 volvieron a proponérselo a Chaplin, en esta ocasión para que trasladara el personaje a la España franquista; el maestro del terror Boris Karlof estuvo a punto de encarnar al personajes, también Frank Capra barajó la idea; Howard Hawks tuvo en sus manos un guion para que lo interpretara Gary Cooper; Wagner también estudió una producción con Gary Grant, Sergio Leone tenía la idea de ambientar el Quijote en la America del siglo XX; no faltó un proyecto Disney, e incluso Buñuel acarició la idea.

 

Pero, sin duda, el gran proyecto frustrado fue el de Orson Welles. Su intención era trasladar al Quijote a la España de la época para hacer una película sobre el espíritu español. No está claro cómo comenzó el proyecto, pero en 1955 Welles había rodado algunas escenas. Luego filma en México donde eligirá al actor español exiliado Francisco Reiguera para encarnar al caballero. Pero en la fase de montaje el trabajo comenzó a eternizarse. Entre 1959 y 1961, trabaja en Italia, donde la RAI le producirá el documental Nella terra di Don Chisciotte lo que le permite trasladarse a trabajar a España. Pero comienzan a no gustarle los materiales filmados. En 1964 asegura que solo le faltan tres semanas de rodaje. Sin embargo, en 1982 afirmará en una entrevista: “hay diez películas diferentes en este filme. Y no sé si el original existe aún”. Tres años más tarde morirá sin haber encontrado la película que quería hacer.

 

Pese a todos estos problemas, en los años 90 se intentó finalizar la película dentro de los actos de celebración del 92. Para ello se encargó que encargara el montaje a Jesús Franco, un peculiar director de género de serie B, cuya elección se justificó por su colaboración en los rodajes de Welles en España. En cualquier caso, el trabajo que se presentó como el Quijote de Orson Welles difícilmente puede presentarse como tal.

 

Abordar un repaso completo de toda la filmografía quijotesca resulta una labor imposible, ya entre las adaptaciones, inspiraciones o influencias reúne más de un centenar de títulos. Por eso no podemos abordar como se merece su presencia en cine de animación, iniciada en 1934 con los histriónicos dibujos de Ub Iwerks en 1934, y que incluye interesantes y curiosas aportaciones, como los episodios sobre el Quijote por Clyde Geronimi, Ray Patterson y Grant Simmons para Mr. Magoo (1964), en cuyo guion colaborará Aldous Huxley; o la canónica y rigurosa serie dirigida por Cruz Delgado para RTVE entre 1979 y 1989. Tampoco podemos detenernos en otros títulos no exentos de interés como Honor de cavalleria, un curioso trabajo de 2006 con dirección y guion de Albert Serra, filmado en catalán y actores no profesionales, que en lugar de presentarnos las aventuras del Quijote nos muestra al caballero y su escudero en los momentos de su viaje en los que no ocurre nada. O ese otro proyecto “maldito”, The man who killed Don Quixote, que como el de Welles lleva años tratando de terminar Terry Gilliam -inspirado más por Doré que por la novela- y que ya ha dado pie a un documental Lost in La Mancha dirigido por Keith Fulton y Louis Pepe.

 

Y lo peor (o lo mejor) es que la lista no para de crecer: en 2015 se estrenaba en Estados Unidos Don Quixote: The ingenious gentleman of La Mancha, una película con guion y dirección colectivo a cargo de estudiantes de la escuela de cine de la Universidad de California del Sur y para 2017 está anunciado el estreno de la película de Gilliam. Es la mejor prueba de que a pesar de los años adaptar el Quijote al cine sigue siendo una aventura tan apasionante como la que empujó al caballero de la Mancha a combatir contra molinos de viento.


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