Lab Act Cine (V.01)

Cine & Series
Mar, 2016
Artículo por Joaquín Carrasco
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Fotografía Lab Act Cine

Abriendo nuevas vías para hacer cine en el austro ecuatoriano

 

  1. La dirección de actores es uno de los instrumentos más importantes a la hora de alcanzar una producción de cine exitosa.

 

  1. La dirección es un espacio de búsqueda personal, donde la mejor forma de aprendizaje consiste en experimentar la puesta en escena de contenidos dramáticos.

 

  1. La creación de personajes únicos es el aporte fundamental que realiza el actor en base al texto dramático, bajo las indicaciones del director.

 

  1. Ese proceso no es lineal: es importante probar y comprobar los aciertos y errores. El cine es un acto creativo basado en la práctica y experimentación.

 

  1. Un cineasta no resuelve ecuaciones, ni es un erudito teórico: desarrolla su mirada a partir de la puesta en práctica de su oficio.

 

¿Qué es el cine?

Tantas respuestas como reflejos en el agua…

Un entretenimiento; una forma de acercarnos a la realidad que nos envuelve; un lenguaje que nos atrapa en su hipnótica telaraña; un medio que nos transporta a lugares donde quisiéramos, o no, estar; la fibra de emoción que esperamos libere nuestra alma de la estación de nieblas donde habita tras las rejas del día a día…

 

En el caso que concierne a aquellos que pretendemos hacer cine, la cuestión adquiere un cariz esencial. ¿Qué es el cine? ¿Qué buscamos cuando tratamos de escribir, producir, realizar, filmar, actuar y editar una película? ¿Qué diablos es lo que queremos alcanzar?

 

Al plantear el Laboratorio de Dirección de Actores y Actuación para Cine (LAB ACT CINE), taller que se está llevando a cabo durante este mes de febrero y parte de marzo en la ciudad de Cuenca, llegamos a la necesidad de acotar una conclusión: el Cine es un Arte Dramático.

 

“Ok, ok, aguanta un momento. No estoy nada de acuerdo.” Bueno, puede ser, pero quisiera aclarar un par de cosas respecto a esta idea.

 

Después de trabajar un buen tiempo en varios proyectos de producción cinemato-gráfica de ficción, tanto escribiendo como produciendo, un buen día me descubrí pensando lo poco que me interesa nada de lo que estaba haciendo: lo lejos que me encontraba de cualquier cosa que tuviera que ver con aquello me había acercado al séptimo arte. Había escritura, pero vacía; había dirección de foto, iluminación, buenas cámaras y buenos equipos; pero nada que filmar, o al menos nada que valiera la pena.

 

Así que decidí alejarme de aquello llamado cine que había en torno mío. Regresar a la esencia de aquello que siempre me había interesado: el arte de contar historias. Por si no lo saben, hay un universo en torno al cine que es una auténtica maraña: restricciones presupuestarias, falta de capacidades técnicas, trámites financieros interminables, el ego de las elites que entre amistades y envidias se disputan los escasos fondos disponibles; el ego y la burocracia, la burocracia y el ego… Decidí alejarme de aquello para volver al origen de lo que realmente me fascinaba.

 

Y así fue durante bastante tiempo, hasta que un día me di cuenta de que aún me faltaba algo: necesitaba que alguien interpretara aquellas historias que escribía. Necesitaba actores, y no me sentía con confianza suficiente para poder manejarme con ellos.

 

Y ahí salió a escena algo esencial: la diferencia entre escribir literatura, novelas o cuentos, y escribir textos dramáticos. En el segundo caso, como ocurre en el cine, uno escribe para que otro actúe y de vida a lo que él creó. Y ese aspecto, tan fundamental, supone la puerta de entrada a la verdad intrínseca que plantea el cine: la necesidad que tenemos como seres humanos de transportarnos a la piel y el alma de otra persona, o personaje, por medio de la empatía, para transitar los misterios profundos de la vida y así regenerar la nuestra. Para aprender a vivir mejor.

Fuente: Lab Act Cine

 

El problema cambió de tono: ya no era suficiente con escribir bien, con dotar de alma a nuestras tramas y criaturas, también había que lograr que la puesta en escena resultará convincente. Que el espectador lograra entrar en la ilusión que estábamos creando, sintiendo la verdad oculta que proyectaba el personaje en escena, interpretado por un tipo de ser humano llamado “el actor”.

 

Ok… ¿Y cómo carajos hacía uno para que eso sucediese? Sí, había que formar actores con herramientas y conceptos desde los que dotar de alma a los personajes, pero no solo eso: también había que aprender a dirigirlos.

 

Y entonces nos dimos cuenta de una cosa: para crear industria, primero había que crear escuela. Y para que la escuela diera buenos resultados había que reorientar sus bases hacia una premisa más modesta que la de crear “directores autores”, y más profunda que la de formar los nuevos cuadros de la comunicación institucional: había que sentar oficio. Así que comenzamos este proceso y descubrimos que era maravilloso experimentar y aprender. Que tal vez era posible plantear nuevas formas de abordar la creación de cine aquí en el Azuay: retornando al principio.

 

Así que con esas ideas en la cabeza decidimos crear un laboratorio de cine que tuviera un enfoque diferente: dejar a un lado el lenguaje cinematográfico y los aspectos técnicos y todos los entresijos de eso que hace cuesta arriba el mundo de la producción, y centrarnos en la esencia que constituye el arte dramático: escribir historias que posean alma en su esencia, y lograr que los actores le den vida a ese alma para que el espectador tenga un vehículo con el que viajar. Ni más, ni menos.


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