La nostalgia del cine ecuatoriano

Cine & Series
Feb, 2017
Artículo por Júpiter
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Fuente: bachilleratocinefilo.com / Mejor No Hablar (de ciertas cosas) una película de Javier Andrade

En este artículo realizaremos un burdo análisis de lo que fue, lo que es y presuntuosamente promete la escena del cine ecuatoriano. Desde sus autores, los discursos y sus obras, desmembraremos de una forma personal y poco objetiva a toda “la escena cinematográfica”, con el afán de simplificar y justificar el estado catatónico en el que se encuentra nuestro séptimo arte.

 

“Se espera que lo que resta, no pueda ofender ni al más casto de los lectores, y como que de la peor historia se puede lograr el mejor provecho, esperamos que el sentido de la moral hará que el lector conserve su seriedad, incluso en aquellos momentos en que la historia pueda predisponer lo contrario.”

 

 

Etapa Cavernaria

Cabe destacar que el análisis se realizará haciendo una gran excepción frente al género documental. Nos enfocaremos netamente en el desarrollo de la ficción y el cine “comercial”. Antes de pasar de este género —que a mi parecer es el más trascendente del país, ya que es el único que posee una calidad, cualidad y un discurso aceptable, tanto nacional como internacionalmente—, tenemos que recapitular que el documental no nació de una búsqueda dramática, literaria, o con un conocimiento previo cinematográfico. Provino desde la investigación geográfica, etnográfica y social de parte de los “mestizos” —que aún eran más europeos que mestizos— como Carlos Crespi.

 

Este pequeño y genuino movimiento creó un acercamiento diferente hacia la cinematografía, narrativa y congruencia documental, lo que lo despojó a largo plazo de la pretensión, la comparación infructuosa y el descarrile visceral que tiene hoy en día nuestro cine de ficción.

 

Desde los años veinte se han realizado esporádicamente diferentes producciones cinematográficas, desde El Tesoro de Atahualpa , film en el cuál aún no existía el sonido directo, pasando por Guayaquil de mis amores, Dos para el camino, y más. Estos filmes no van a ser consideradas dentro de este análisis, ya que pertenecen a la etapa romántica del cine ficción, en donde no se podía —o no se veía cómo— separar a la dramaturgia gestada desde el teatro hacia el cine, como se podía ver en El Cojo Navarrete y A la costa.

 

El primer gran giro que toma el cine ecuatoriano es con la notable participación de Camilo Luzuriaga con sus largometrajes La Tigra y Entre Marx y una mujer desnuda. La realización y proyección de estos filmes marcaron un hito dentro de la línea histórica cinematográfica y crearon el primer axis central de una nueva visión, una fresca ambición y novelería de la juventud —en aquel entonces— por crear una nueva forma de comunicación, expresión y arte. Todos estos jóvenes que siguieron con gran ímpetu los pasos y el tiempo que marcó Luzuriaga, son conocidos ahora como “La vieja escuela” del cine ecuatoriano.

 

 

 

La vieja escuela: desde el acolite a la mega producción

En los años noventa, el primer largometraje que marca la puerta de apertura para el Ecuador y para todas sus generaciones jóvenes a la existencia y realización de un cine indie nacional (de bajo presupuesto, con un fuerte guión y fuera del ámbito televisivo) fue Ratas, ratones y rateros de Sebastián Cordero.

 

Esta obra, a pesar de tener varios galardones y menciones honrosas internacionales, presenta, por primera vez al mundo entero, aunque de una forma arquetípica, pero sutil, y con una gran narrativa detrás, a la multifacética identidad ecuatoriana. Luego de aquel trascendental evento, se gestan y desencadenan una serie de directores, cineastas y guionistas que empezaron forjar a todo lo que conocemos ahora como la “industria” ecuatoriana del cine. Entre ellos destacan Tania Hermida con Qué tan lejos, Iván Mora con Sin Otoño Sin Primavera, Javier Andrade con Mejor no hablar (De ciertas cosas), Diego Araujo con Feriado, Tito Jara con A tus espaldas, entre otros (quedan exentos Tito Molina y Fernanda Restrepo porque, a pesar de ser contemporáneos, su cine está más alineado hacia el género documental).

 

Todos estos autores se han encargado de construir lo que ahora se puede considerar como la adolescencia del cine ecuatoriano, con plots simples, una narrativa dramática básica, una añoranza melancólica de lo que fue —o les hubiese gustado que fuese— su adolescencia punk, rocker, junkie; y un Ecuador folklórico, lleno de arquetipos básicos, trillados y repetitivos.

 

Esta generación, por ser los pioneros del cine ecuatoriano, obtienen la mención al mérito, y, como primeros existen algunas obras que tienen un gran trasfondo, una sacrificada y satisfactoria producción y una primera búsqueda de la identidad audiovisual, pero decaen y se tropiezan en detalles simples pero garrafales. Para no entrar en puntualidades, vamos a generalizar las falencias que encontramos en varios de estos y otros films:

Se utilizan arquetipos folklóricos ecuatorianos que sobrecogen y derogan la historia y el guión. Se desentiende la realidad del Ecuador abordando megaproducciones con coproducciones extranjeras, directores invitados y una “hollywoodización” de nuestra industria, en la que pierde importancia el guión, la dirección de actores (y variación de actores) y la puesta en escena. Caen en el patrón de ensamble de una telenovela, buscan a la actriz “sexy” colombiana (o de cualquier nacionalidad caribeña) que sutilmente agregue puntos al rating o asientos al establecimiento, se dejan influenciar por los productores y por lo que ellos tienen entendido que es “lo que el público quiere ver” y, por ultimo, existen films que se sumergen en historias adolescentes, de drogas, abuso, rebeldía, problemas parentales y la búsqueda de una identidad perdida. Este tema es un tema y recurso muy utilizado por varios directores y guionistas latinoamericanos, el cual, narrado de una forma original y más visceral, logra su objetivo, pero nuevamente caen en una trampa metódica ya que crean una amalgama de películas sin espina, discurso o una voz real de autor.

 

La película que queremos destacar dentro de este subgénero adolescente es Mejor no hablar (de ciertas cosas) de Javier Andrade, que muestra una mirada distinta, con una cinematografía que varía de la homotecia básica utilizada y en la que se apoyan el resto de films.

 

Frente a este sendero ya marcado, deshierbado y semipavimentado, entra una visión periférica más amplia que atrae a dos nuevas corrientes de jóvenes aspirantes a cineastas, los que intentan tomar la posta y convertirse en “La nueva escuela”.

 

 

 

La nueva escuela: snobs, intelectualoides y lo neo beat

Tras el furor con las nuevas producciones, un nuevo arte encaminado en Ecuador y la forma intrépida que promete una gran variedad de expresión dramática, gran parte de la generación joven contemporánea optó por buscar y encaminarse dentro del mundo cinematográfico. Esta se subdivide en dos grandes nichos.

 

 

 

Los que se quedaron

Son estudiantes de las diferentes universidades e institutos (IAVQ, INCINE, USFQ, U.ARTES, etc.), una generación descendiente de la vieja escuela que ha heredando sus virtudes y falencias. Son un grupo de jóvenes visionarios, llenos de filmaciones guerrilla, que disfrutan de trabajar junto con sus amigos universitarios y poseen un ímpetu luchador por crear su propia mirada y voz.

 

Así también recaen y resaltan los más grandes defectos hereditarios como la idealización del cine, la parafernalia e intensa necesidad escolar por llamar la atención y crear un falso glamur alrededor de este arte, desvirtuando su contenido y significado. Actualmente en el cine se ha creado un espacio lleno de fama y ego autocomplaciente que lentamente ha forjado una barrera que limita el avance y el desarrollo intelectual, estético y narrativo del cine nacional.

 

 

Los que se fueron (y volvieron)

Bélgica, Argentina, Chile, Brasil y España fueron los países receptores (aunque no los únicos) de los optimistas aspirantes a cineastas ecuatorianos en la pasada década. Estos jóvenes partieron a diferentes destinos que ya poseían un avanzado desarrollo cinematográfico, mucho más trascendental y pregnante que el ecuatoriano.

 

Al llegar a su destino, se encontraron con la no tan grata, pero muy inspiradora sorpresa de que el mundo era más grande que su provincia y, abrumados por esta vasta gama de conocimiento artístico y cinematográfico, empezaron a leer, escuchar, ver, asistir y ser parte de movimientos artísticos generales, subterráneos, indies, “B”, performáticos, experimentales y más.

 

Desde la escuela formada por directores como Lynch, Godard, Kaurismaki, Corine, Kurosawa, Cronenberg, Jarmusch, Jeunet, Wong KarWai, Kitano, L.Martel, Cassavettes y más, se empiezan a forjar los neo-intelectuales y puritanos cineastas, los cuales, con una gran determinación e inocencia, han vuelto al país a intentar cambiar la normativa dentro de la narrativa y visión canon del cine ecuatoriano.

 

Esta generación es necesaria y fundamental para el desarrollo, quiebre y reevaluación de nuestro cine, ya que cumple la función de catalizador de la ruptura entre la línea de lo cotidiano y lo preestablecido socialmente. Estos jóvenes se comprenden por ser artistas a los que les encanta hacer referencias, citas, rebuscar términos, aventurarse en una búsqueda del género y lo sexual e intentar retratar la misma identidad (cosa que todos inconsciente o conscientemente buscamos) multifacética y perdida de los ecuatorianos.

 

La problemática que aqueja esta generación es exactamente eso, la sobreimportancia hacia su efímera intelectualidad, el conocimiento extranjero exhaustivo situado por sobre el conocimiento local, el pobre reconocimiento nacional y la recaída frente al folklore como algo “nuevo” o visionario.

 

Podemos concluir que el cine ecuatoriano está madurando, no es perfecto o digno de alfombras rojas, pero sí posee una mirada íntima y personal, una vasta investigación e intriga de parte de sus autores por encontrar una identidad, un sentido y una voz entre sus historias y guiones.

 

Mediante el cine, los ecuatorianos podemos retratar la identidad versátil que nos caracteriza (haciendo nuevamente hincapié sobre Ratas) sin caer en folklorismos o arquetipos trillados. Las generaciones subsiguientes tendrán una brecha distinta, un camino forjado con más sabiduría y experiencia (pero también así con pretensión y ego) y se verán en la obligación de continuar con la absoluta certeza de que en el Ecuador existen historias válidas, experiencias únicas y miradas sinceras las que pueden conmover, crear empatía y ser vistas y apreciadas por un público diverso internacional.

 

Fuente: Entre Marx y una mujer desnuda

Fuente: Ratas, ratones y rateros

Hay sólo 1 comentario. Yo sé que quieres decir algo:

  1. Gustavo Valle dice:

    Hola Wilma. Tu artículo es escueto por razones de espacio pero de ninguna manera burdo. Es justo.. En La Revista de El Universo aparecieron dos artículos sobre el cine nacional que causaron una fuerte polémica. Había ciertos términos, a mi parecer peyorativos, como que nuestro cine “aún gatea” y cosas así. Tampoco tiene una buena opinión de las películas Alba y Sin muertos no hay carnaval. Mi pregunta es: el cine nacional ha mejorado, retrocede o se ha quedado estancado? Es porque no hay suficiente auspicio del Cncine y lo engorroso que es acceder a los fondos concursables o porque nos faltan buenos guiones? La realidad es que las películas ecuatorianas no llenan los cines por mucho tiempo.

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