La cruda realidad, o el arte de aprender a vivir

Cine & Series
Abr, 2016
Artículo por Begoña Izquierdo Arnaiz
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  • Fuente: fotograma Matrix

    Todos hemos visto Inception, de Nolan. Sí, Di Caprio es un especialista que ha de implantar una nueva idea en el subconsciente de otro tipo para conseguir no se qué. La trama esta clara. Pero ¿cuál es realmente la idea detrás de esta historia de sueños dentro de sueños?

     

    Nuestro héroe y su trágico pasado amoroso plantean la primera cuestión filosófica de la historia. Tras pasar aproximadamente 50 años juntos en el mundo de los sueños, la pareja llega a una encrucijada, la cuerda no se puede tensar más, han de decidir. Finalmente, él se inquieta, la realidad fuera de lo onírico lo llama sin cesar, mientras que ella decide quedarse, continuar allí, en la inmortalidad del sueño.

     

    La filosofía, como el arte de aprender a morir, llama a la puerta de ambos; él despierta, aceptando su mortalidad y ella a su modo también, por medio del suicidio, eligiendo dormir para siempre, soñar sin límites. Es, pues, la aplicación práctica de ese arte de aprender a morir la cual define nuestro modo de vivir.

     

    A partir de ello, podemos plantearnos, como ya hicimos con Matrix, si estaríamos mejor en una realidad creada ficticiamente que en el apestoso mundo real que nos rodea. Cuando entramos a plantearnos esto, hemos de ser conscientes de que si decidiéramos “enchufarnos”, ya sea a una máquina de sueños, al Matrix o al psicotrópico de turno del cual dependamos, estaríamos cometiendo una especie de suicidio.

     

    Cuando soñamos, nuestro cerebro crea y experimenta la realidad de un modo simultáneo, no sabemos que estamos soñando y lo que soñamos se convierte en realidad. Si nos conectásemos a una máquina que habilitara esto mismo, pasarían dos cosas. Primeramente, dejaríamos de hacer, pues todo lo que podríamos hacer sería experimentar. No hay que olvidar nuestra condición humana, nuestra corporalidad nos limitaría sólo a experimentar. No tendríamos voluntad propia. Estaríamos experimentando algo hermoso y prefabricado, pero no decidiríamos nada, dejaríamos de ser.

     

    El cine, como muchos otros placeres de la vida, nos da esas pequeñas dosis de escape, pero es finito. Si tuviéramos la opción de vivir en un mundo imaginario donde todo lo que hiciéramos fuera experimentar lo que eligiésemos sin preocupaciones, sin pagar la renta, ni comer, solo gozando… ¿Lo haríamos? Probablemente la respuesta es no. No sería real. Pero solo sabemos que no es real ahora, despiertos. Lo paradójico del caso es que, no por ello, la experiencia de lo onírico o de la substancia se sentiría menos real cuando la experimentásemos. Entonces, ¿por qué elegimos la realidad? Nos faltaría algo.

     

    La segunda cosa que perderíamos al enchufarnos sería el alma. Ese algo más, esa consciencia del yo, del universo, de tantas cosas. En un mundo perfectamente prefabricado, ciertas preguntas filosóficas y existenciales nunca serían planteadas. No habría espacio para la reflexión, para la espiritualidad, para el más allá. Esas cosas que no entendemos y que dan sentido a nuestra existencia, al famoso Yo, dejarían de existir, dando paso a la experiencia de un hedonismo sin fin.

     

    Como dice Morfeo, citando a Descartes, nadie puede afirmar de modo absoluto saber qué es “la realidad”. Solo podemos vivirla, al mismo tiempo que la construimos. Nuestra idea de lo que es verdad se dará así a través de la experiencia. Entonces, lo único que realmente nos queda claro que es real, es nuestra mente pensante y en ella está nuestro poder de decidir. Lo que decidimos hacer nos determina.

     

    No creo que la vida sea un valle de lágrimas, pero tampoco creo en la evasión onírica como estilo de vida. Cuando aceptas tu mortalidad, ya que si estás leyendo esto eres humano, aceptas que ello será el reto más interesante y difícil que vas a experimentar: ser. Es aterrador despertar, pero la corporalidad que tanto nos limita también nos da alas para esquivar la inmortalidad, que sería aburridísima. ¿Estás soñando? Yo que tú me pellizcaría.

     

     

    Imagen: fotograma Inception

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