Godard, el viejo enfant terrible

Cine & Series
Ago, 2016
Artículo por Jordi Garrido
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Fuente: thefilmstage.com / Jean-Luc Godard

El porqué de un ciclo dedicado a Jean Luc Godard es tan fácil de explicar como que el cine es el cine y aun más fácil resulta justificar por qué hacerlo en Ecuador, un país donde han desaparecido todos los cines de antaño —y no sé hasta qué punto a aquellos cines ya extinguidos les hubiera resultado fácil alcanzar copias de estos filmes—. Los motivos son evidentes, al igual que las razones para tener una filmoteca de cine clásico y de autor en versión original: es imprescindible para cualquier estudiante o amante del cine —o para cualquier ciudadano “de a pie”, a mi parecer— el visionado de películas que se diferencian del producto de la industria, diseñado para hacer taquilla y ya no como un arte o un lenguaje; es necesario retomar al cine como método de reflexión y explicación de la sociedad y el ser humano.

 

Es aquí donde Godard tiene peso y resulta comprensible hacer un ciclo con sus películas: a lo largo de su dilatada carrera de más de 50 años, no ha parado de reflexionar e interrogarse sobre el lenguaje cinematográfico y las reglas que rigen la sociedad. No se trata de novelería o postureo, aunque desde hace generaciones queda muy bien, en cualquier reunión de amigos pseudointelectuales, ser un enamorado de este director francés y citar alguna de sus primeras películas, ya hoy de culto (mucho mejor, permítanme decir, si quien la cita realmente la ha visto). Si alguien lo hace, por favor, intente sorprender con un perfecto francés a la hora de nombrar la película, pero si de verdad busca ser admirado, atrévase a escenificar la coreografía de a tres (imprescindible buscar a dos amigos de iguales características, uno de ellos lo más parecido posible a Anna Karina) de Bande à part.

 

Fuente: Best60s.s3.amazonaws.com

 

En sus primeros años, Godard realizó filmes imprescindibles. De su asociación con Truffaut y Chabrol nació Sin Aliento (À bout de soufflé , 1960), película de cine negro que resultaría el punto clave para el nacimiento de la Nouvelle Vague, movimiento que desmontó la narrativa clásica norteamericana para construir un nuevo lenguaje mejorado y rectificado. Estos fueron los años más prolíficos y heterodoxos en su cinematografía, además del cine negro con Pierrot el loco (1965), Made in USA (1966) y Detective (1985), tocó el musical con Banda aparte (1964); la ciencia ficción en Alphaville (1965) e incluso el western con Viento del este (1970). Justamente en esta etapa radica su vital importancia, con ella demuestra que él es cine y uno de los mayores artistas del siglo XX, al mismo nivel de Picasso o Joyce.

 

Godard es cine y, sobre todo, es el nuevo cine: creó un nuevo lenguaje y, de una manera radical, destrozó todas las viejas tradiciones del cine anterior de los grandes padres de este noble arte (como bien se sabe empezó como crítico de cine en la mítica y longeva revista Cahiers du cinema, con lo cual tenía suficientes conocimientos) como el hijo rebelde que reniega en su juventud, de lo aprendido y que sigue renegando de la sociedad hasta hoy.

 

Elegir cada corte y descuadre; convertir un contraplano en primer plano; poner al protagonista de espalda a la cámara; elevar la música en situaciones intrascendentes o cortarla en seco para acentuar una escena simplemente por su silencio; hacer saltos de historia para llevar el ritmo de una película o acabar una trama compleja y profunda con un final de lo más absurdo y extraño posible: romper los límites de lo establecido simplemente para demostrar que la vida es así de impredecible y ridícula. Godard hizo todo lo que nadie había hecho, a veces simplemente por demostrar que se podía y que podía dotar de significado a la deconstrucción del cine para empezar algo nuevo y lograr que sus películas sean como la vida misma, incluso, en ocasiones, más cruda, sin por ello dejar de experimentar con todos los recursos posibles. Un crítico que leí alguna vez hacía notar que en la película Week End (1967), por ejemplo, hizo girar la cámara dos veces en 360 grados, para luego hacerlo todo a la inversa, solo por demostrar que podía hacerlo.

 

Particularmente reconozco que es imposible defender toda su filmografía, tiene algunas películas difícilmente digeribles de sus etapas posteriores como aquellas de su etapa de experimentación con el video propaganda (pero incluso de ellas siempre hay algo que analizar) de los ochenta. Claro ejemplo es la videocarta que mostró en Cannes en 2014 sobre el totalitarismo como respuesta a no acudir a la entrega de premios cuando su filme Adiós al lenguaje (2014) competía por la Palma de Oro. Pero estas bravuconadas demuestran que sigue siendo un enfant terrible que siempre hizo lo que le vino en gana y que no pierde su rebeldía ni a su vejez (realmente, para otros, no es más que un idiota altanero).

 

De todas maneras, lo que no podemos dejar de agradecer es esa ruptura de los límites y ese afán por experimentar que servirá siempre como empuje para las nuevas generaciones de artistas o cineastas.


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