Festival de Cannes 2017: flora y fauna

Cine & Series
Jul, 2017
Artículo por Geovanny Narváez
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Fuente: Claudia Cardinale, fotografía original de la imagen: Festival de Cannes 2017

Para nosotros que sabemos que la religión necesita de estas pompas espectaculares, de esta liturgia dorada, sabemos también dónde está el verdadero Dios […]

André Bazin, 1955

En mayo de este año se celebró la 70ª edición del Festival de Cannes. Con la acreditación de cinéfilo –estatus que se me asigna– ingresé a esta gran y compleja manifestación cinematográfica. El presente texto, en forma de reseña con licencias, se divide en cuatro partes, por lo tanto, puede leerse en cualquier orden: 1) observación general/fragmentaria, es imposible ver y estar en todas partes; 2) las distintas salas y unas cuantas proyecciones (muchas películas); 3) cine latinoamericano en Cannes, y 4) a propósito de la Palma de oro: The Square.

 

  1. Observación general/fragmentaria

Existe en torno al Festival de Cannes una serie de cuestiones –positivas y negativas– que aparecen como fenómenos simbolizados y objetivados. Es el caso, por ejemplo, de la búsqueda de consagración cinematográfica a través de los premios, la mediatización y la imponente jerarquización (de participantes, secciones…). Es decir, los principios de diferenciación-distinción de objetos, entes y agentes que asisten al Festival, cada cual tras diversos intereses (artísticos, económicos). La relativa autonomía y las múltiples facetas de este evento cinematográfico que desde los inicios surge como manifestación estatal que vincula arte y comercio, emanan de todos lados. Respecto de lo anterior, me refiero a las entidades implicadas: administración pública y privada, empresarios y clientes. Recordemos que el Marché du film [Mercado del cine] se instala en el centro de esta manifestación. En otras palabras, Cannes es un festival destinado a los profesionales del cine: productoras, distribuidoras, directores, periodistas y críticos. Allí se pone en juego arte y comercio que afloran por todas partes en la ciudad balnearia, convertida en un enclave perfecto para el cine, el turismo y los negocios. En fin, no hay nada oculto bajo el sol y menos bajo el sol de Cannes.

 

De ese complejo microcosmos, me detendré brevemente en la jerarquización. Este asunto se materializa, por un lado, con las diferentes selecciones y secciones: competición oficial y Un Certain Regard, y secciones paralelas (Semaine de la critique, la Quinzaine des réalisateurs, Acid). Por otro, los invitados y acreditados. Si intentamos entender esta fauna, las acreditaciones sirven como primera seña. Primero están los invitados, reservado para «los profesionales de la profesión» –frase de Godard en mayo del 68–, quienes, aparte de hospedarse en lujosos hoteles, pueden acceder a cualquier evento, y son quienes antes de ingresar al teatro Lumière son bañados con flashes durante el «ritual» de la montée des marches. Luego, en esta escabrosa jerarquización, está la prensa que se bifurca mediante las acreditaciones –en varios colores– que, grosso modo, serían los grandes: la prensa y crítica reputada; a ellos le siguen los medianos y, por último, los pequeños. En todo caso, la prensa va a Cannes para trabajar; en efecto, deben escribir diariamente notas, reportes y reseñas para sus respectivos medios de comunicación. El ingreso a las salas y conferencias es, para ellos, progresiva. La prensa menor –de revistas y blogs– debe esperar un tiempo considerable en las filas. No hay que olvidarse de los acreditados del festival – responsables de salas de cine– y del Marché du film quienes van también a trabajar, arman y concluyen acuerdos y proyectos. La acreditación de cinéfilo es una especie rara: estudiante de cine o adherente a una sala.

 

En esta flora y fauna, más allá del espectáculo y glamour, vi a ciertos acreditados esperar en la fila por más de dos horas para ver una película. Vi la cara de desilusión de unos cuantos periodistas, mercaderes y cinéfilos al no poder ingresar a ciertas proyecciones porque no había más lugar. Vi a chicas, a media tarde, con vestidos de gala y tacones en los bolsos, pedir invitaciones con carteles. Vi a familias postrarse en las cercas y trepar escaleras plegables para mirar a las stars pasar por la alfombra roja. Vi y escuché a un productor europeo, con tono paternal, explicar las reglas del juego a dos asiáticos. Vi eso y otras cosas… Luego arrojé mis lentes de seudo-etnógrafo al mar para refugiarme en las salas oscuras.

 

En esta jungla, ¿quiénes pertenecen a este hábitat? Quizás a todos aquellos que consagran su energía y tiempo para propiciar y buscar en las salas eso que se denomina experiencia estética. Bazin nos da una posible respuesta que data de hace más de sesenta años: «Cannes, aparece como la empresa mundana por excelencia. Pero para los festivaleros, si oso decir, profesionales, como son precisamente los críticos, nada en realidad es de lo más serio, pero menos “mundano”. […] Quince o dieciocho días de este régimen bastan, lo aseguro, para desorientar a un crítico[…]. Cuando regresa a su hogar y retoma su trabajo habitual le parece, en verdad, volver de lejos y haber vivido mucho tiempo en universo de orden, de rigor y de obligación. La evocación más intensa es el recuerdo de un retiro a la vez brillante y laborioso en el que el cine constituía la unidad espiritual […]». Dicho esto, tomando distancia de todos estos acontecimientos mundanos y fetichistas que ha producido la industria, pero consciente de que el dinero y las pompas espectaculares intervienen –implícita y explícitamente– en los gustos y las corrientes del cine, planteo la reflexión entre apariencia y esencia.

 

  1. Las salas y unas cuantas proyecciones

Las salas se ubican en distintos lugares de la ciudad balnearia; algunas a lo largo de la Croisette donde está el Palais, otros en los bajos de los hoteles, incluso en la playa. Imposible verlo todo. Además no hay lugar para todos. Un día me bastó para discernir el ritmo de las proyecciones, sobre todo para saber dónde puedo acceder sin tener que esperar horas para ingresar. Con esta lógica personal, partí del principio de 20 minutos de espera (me parece insólito tener que hacer fila más de una hora bajo un sol imponente para ver una película). Así, el día anterior seleccionaba las posibles funciones con planes A y B.

 

La sala principal, el teatro Lumière destinado a la competición oficial y fuera de competición, funciona en general con invitaciones, pero en las funciones de la tarde y de la noche es posible ingresar por el last minute, a veces, sin tanta dificultad. En el teatro Debussy, exclusivo para Un Certain Regard, solía ser más apretada la cuestión, pero posible. El espacio Miramar donde se desarrolla la Semaine de la Critique me acogió por varias ocasiones, ídem en el teatro de la Croisette donde se proyecta la Quinzaine de réalisateurs. Dentro del Palais, enorme monstruo de cemento y vidrio, hay un sinnúmero de salas (Bazin, Buñuel, Soixantième), tanto para Cannes classic o sesiones especiales, así como las reservadas para el Marché du film . Es agradable pasearse por momentos en esa basílica consagrada al cine, a pesar de que emana un aire de hotel/centro comercial y feria de exposiciones. Las otras salas se ubican más hacia el centro de la ciudad, como Les Arcades o L’Olympia, destinadas, entre otras programaciones y acreditaciones, para el Acid o el Marché du film.

 

Ahora bien, con un intento de objetivar la complejidad del cine, la pregunta clave sería ¿cómo y por qué llegaron a Cannes todas esas películas? Anotemos que la figura del film curator y los comités de selección están detrás de todo esto. Asimismo están las estrategias y negociaciones –estéticas, económicas– aplicadas generalmente en las coproducciones y que generan a veces destacables resultados. Esto se confirma en los créditos que revelan toda la maquinaria artística y financiera internacional que hacen posible ver tal o cual película (fondos, programas, talleres). Uno de los grandes detalles de Cannes, y de los festivales de categoría A, es que proyectan premieres mundiales. Otra reflexión: ¿quién crea al (cine de) autor?

 

Por último, se debe considerar que las películas presentadas – excepto la selección oficial– o bien trascienden de las salas de Cannes hacia otros festivales, incluso pueden llegar a salas «independientes» del mundo; o bien caen en el olvido, esperando el redescubrimiento de una cinemateca, un museo o internet. A pesar de ello, cierta prensa –en general del país de origen de la película– se encarga de hablar un poco de ellas, luego vienen unos cuantos críticos y, en algunos meses o años después, unos cuantos académicos. Ellos se referirán a los largos y logrados planos secuencia que se funden con una destacada actuación en Aala Kaf Ifrit [Beauty and the dogs] de Kaouther Ben Hania, película tunecina, coproducida con Francia, Suecia y otros, y presentada en Un Certain Regard. Y destacarán la aplicación del zoom en la película de estética minimalista en blanco y negro del coreano Hong Sang-soo, Geu-Hu [The day after], de la competición oficial. Tal vez, examinarán en el lado fantástico de I am not a Witch, –recurso que da mejores efectos y que contrasta con ciertos realismos y miserabilismos de un tipo de cine de festival– de Rungano Nyoni, proyectada en la Quinzaine, cuya producción es inglesa y francesa, pero fue rodada en Zambia. Esto –y otras cosas– es lo complejo de este evento cinematográfico.

 

3) Cine latinoamericano en Cannes

Interprete esta película, pero hágalo maximizando la ambigüedad.

David Bordwell, 1996

 

A la usanza de la prensa escrita, colocaré estrellitas para resumir al máximo mi opinión sobre algunas películas. Además me enfocaré en algunas películas latinoamericanas. Esta licencia se debe a razones de espacio y tiempo. Además, para salir de la encrucijada y como justificación, diré –citando a Bourdieu– que no tengo la intención de «sacrificar la contemplación de la obra con el discurso sobre la obra». Entonces, sería como sigue: una estrella (*bien), dos estrellas (**interesante), tres estrellas (***recomendada).

La Cordillera [**] (Argentina) de Santiago Mitre, en Un Certain Regard.

La Defensa del dragón [***] (Colombia) de Natalia Santa, en la Quinzaine des réalisateurs.

Los Perros [**] (Chile) de Marcela Said, en la Semaine de la critique.

Gabriel e a Montanha [**] (Brasil) de Fellipe Gamarano Barbosa, en la Semaine de la critique.

La familia [*] (Venezuela) de Gustavo Rondón Córdova, en la Semaine de la critique.

 

El nivel de profesionalismo, en lo que respecta a la técnica de estas películas, prima en todas, y las temáticas se apegan a estilos variados. En La Cordillera actúa el señor Ricardo Darín, y Santiago Mitre es un habitué de Cannes, por ende se multiplicarán críticas y copias en DVD. Superado esto, podemos destacar la participación de dos directoras, Natalia Santa (Colombia) y Marcela Said (Chile) quienes aportan nuevas miradas. La Defensa del Dragón pone en escena a tres sexagenarios con sus pequeños problemas domésticos y profesionales (una exgloria del ajedrez, un relojero y un médico) en una ciudad y sociedad que les empuja a buscar jugadas estratégicas tanto en el plano sentimental como laboral. Mientras que Marcela Said abre la oscura jauría de la dominación masculina que destapa un pasado y un presente de la sociedad chilena y latinoamericana.

 

  1. A propósito de la Palma de oro: The Square

Recaemos en la ambigua necesidad de escribir sobre cine. Esta película me apela por los temas principales: la crítica del mundo y la del arte actual. The Square es una película sueca, realizada por Ruben Östlund, en coproducción con Alemania, Francia y Dinamarca. The Square alude a una instalación artística –un sitio donde, grosso modo, todos viven en paz– y es pretexto para subrayar la «estupidez, una estupidez que en realidad es universal», como señala la crónica del El País, de Gregorio Belinchón. The Square, una comedia-dramática, es una sátira que refleja, desde una visión occidental, el sentido de vivir en comunidad, el valor moral y el individualismo en un mundo incierto.

 

El protagonista, Christian, director artístico de un museo de arte contemporáneo es una persona responsable y humanitaria. Días antes de la inauguración de la exposición de The Square , es asaltado. Este evento bascula su vida porque decide buscar a los ladrones lo que lo conduce a extrañas situaciones, como la de un niño que le persigue y recrimina por una injusta acusación. Asimismo, descuida la agencia de relaciones públicas que el museo contrata para realizar un video viral con el objetivo de comercializar la exposición: en ese video explota una niña dentro de la instalación en una plaza pública (the square).

 

Retengamos dos escenas: la instalación de montículos de tierra y el performance. La primera, la distribución de montículos de escombros, que se dispone en una sala de museo para propiciar la «emoción estética» explaya una de las tendencias del arte contemporáneo. El problema acontece cuando una parte de esa «obra» se ha deshecho. ¿Qué hacer?, ¿reconstruirla?, ¿y el seguro?, ¿es posible intervenir en la «creación» del artista? Es evidente que esta descomposición refleja la banalidad, lo absurdo y el desbaratamiento del personaje que recubre una estupidez universal.

 

La otra escena, sin duda central del filme, es la del performance. La película hasta aquí se desarrolla más como una comedia, pero este suceso la empuja a un paroxismo absurdo, hacia la incomodidad. En escenas anteriores, dentro del museo, se ve un video-instalación en el que se proyecta a un tipo con cara de hombre-bestia. Este tipo, el performer, liberado de pantalla, aparece durante una suntuosa cena, donde concurren invitados de las esferas del poder político-cultural (suponemos, entre otros, patrocinadores, artistas oficiales y esnobs), es decir, aquella gente a quien le interesa figurar-negociar en el mundo del arte más que el arte como tal. Allí, tras un audio que da consignas a los asistentes, sucede el arte-acción: con gestos de gorila (clin d’oeil a King Kong) y con la ayuda de prótesis en sus brazos atemoriza a los presentes, efecto de incomodidad y perplejidad que se reproduce en los espectadores del teatro Lumière. Los límites de la comedia-dramática, del espectáculo, rebasan cuando agrede a una chica e intenta violarla. Los presentes intervienen para salvarla y le propinan golpes irascibles. Corte.

 

La crítica periodística se divide. Unos la elogian y otros la repudian: muy larga, suma de sketches, etc. Los espectadores al final mascullan un veredicto: me gusta o no me gusta. Todos los «críticos» hablan y hablarán de esta Palma de oro. Desde nuestro punto de vista, esta película se abre, de alguna manera, a un público extenso a través de la comedia, la ironía y el galardón. Pero sucede que The Square se presenta como un objeto doble: una obra de arte contemporáneo dentro del mercado del arte. Dicho de otra manera, cine de arte en la industria de cine de festival cuyas estrategias de adaptación (técnica, estética) y de cuestionamiento (concepto) sobresalen. Mientras que una parte del público de Cannes con esmoquin y vestidos de gala (apariencia) va en busca de lo mundano –tal cual los invitados de ese performance–, otra va en busca de una reflexión a través del cine (esencia). Ese doblez de la película devela, en cierta forma, a Cannes: pompas espectaculares y celebración del cine. En esta flora y fauna, es posible, entonces, explorar apariencias y esencias.


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