El Sur Cine Lab o los caballeros de la triste figura

Cine & Series
Nov, 2018
Artículo por Christian Espinoza Parra
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Como un guerrillero cruzando una montaña echa de harapos, el viento aplastándole la espalda, la sonrisa casi de escarcha vieja, la mirada mansa detrás de las gafas negras, la cámara en ristre como la metralleta de un Che Guevara del páramo, Carlos Pérez Agusti contempla el paisaje de la lírica de un hombre solo: Sinincay.

En aquel pueblito de casitas desvaídas en su intemperie de paja y bahareque, habrá de rodarse Arcilla indócil¸ la primera película azuaya. Hoy, sin embargo, aunque las calles de tierra han sido trituradas por el pavimento y las veredas ásperas, y las casitas estrechas han sido desplomadas para construir armazones de hierro y burlescos ventanales de muchos pisos, todavía la expresión guerrillera, de combatiente solitario aparece definitiva en los rostros de los alumnos y docentes de El Sur Cine Lab.    

Este espacio de encuentro para cineastas locales responde a la necesidad de formación de productores y realizadores capaces de emprender proyectos cinematográficos que consoliden el cine azuayo dentro del panorama ecuatoriano e internacional. Para su primera edición, el Laboratorio cuenta con el apoyo de La Casa de la Cultura, el Séptimo Festival de Cine La Orquídea, la Cinemateca Nacional Ulises Estrella y el Instituto de Cine y Creación Audiovisual (ICCA), además de empresas privadas afines a la cultura y a la concepción artística.

El proceso modular consta de cinco etapas de desarrollo, incluidos subniveles de formación en producción cinematográfica y gestión de proyectos audiovisuales, así la relación entre asesores y participantes es muy importante durante la evolución de cada proyecto en el transcurso del Lab.

De hecho, cada participante tuvo que atravesar un arduo proceso de postulación en cuanto a los componentes de su carpeta —última versión de guion, sinopsis, carta de motivación y hoja de vida del postulante— que tras varias lecturas, revisiones y análisis del comité de selección integrado por miembros de La Casa de la Cultura y La Orquídea culminó en la entrega de los resultados una semana después de haberlos receptado. Solo cinco de entre el sinnúmero de proyectos fueron elegidos: el largometraje La nave viene de José Luis Tapia, el serial web Vida de perros de Christian Rogerio Calle, y los cortometrajes A través del cristal de Gabriel Molina y Pan, flores y manzanas de Diego Rocha Llinás.

Las cinco etapas del Lab comprenden:

1) Análisis de guion, módulo a cargo de los cineastas ecuatorianos Iván Mora Manzano y Javier Izquierdo, en el cual los participantes con guiones previos en su versión más reciente entraron a una fase de (re)escritura de premisas, estructura y contenido.

2) Estrategias de desarrollado, módulo que, con la guía de Isabel Carrasco, abordó la planificación y elaboración de estrategias acordes a las necesidades de cada proyecto con énfasis en las fases de financiación, distribución y exhibición.

3) Los talleres de producción cinematográfica y mercados tuvieron al frente a la tutora María de los Ángeles Palacios que asesoró a los participantes sobre temas que van desde el financiamiento, hasta la exhibición y distribución, pasando por festivales, mercados y ventas internacionales.

4) Insumos gráficos de venta estuvo a cargo de Andrés Montesinos, fue el cuarto módulo del Lab y su objetivo fue desarrollar mediante el acompañamiento a los talleristas todo aquello que posibilite la optimización de la calidad estética y visual de los filmes con la confección de diversos materiales gráficos como Concept Art, Teaser o Animatic (solo para proyectos de animación o fantásticos).

5) Pitch, el módulo final del laboratorio fue ejecutado por Daniela Fuentes, constituye la prueba total del trabajo realizado, pues los participantes presentarán sus proyectos ante un jurado sin perder la oportunidad de estar frente a inversores invitados.

La realización de cine fue en tiempos de Carlos Pérez Agusti una labor auténticamente quijotesca. Aunque con la distancia que solo el tiempo permite, los cineastas siguen siendo caballeros de la triste figura, motivados por una suerte de locura heredada de los tiempos de los locos de antaño.

Del cine artesanal de la época del precursor a la tecnologización, la brecha más pequeña sigue siendo la más difícil de salvar, porque un filme continúa requiriendo la voluntad del desquiciado para levantar sobre la ausencia una película, unos personajes y unos espacios capturados en imágenes en movimiento a través del tiempo a la misma velocidad en que nos sucede la vida.

El cine es magnánimo, magnífico, inefable en tanto creación artística —o un intento de ella—; es entrar de lleno a la inabarcable totalidad de la existencia, porque ¿hasta qué punto somos conscientes del potencial del cine para eternizar la vida? No obstante, si el cine es tiempo y espacio considerando que el humano proyecta el ser en la encrucijada del primero y en la inconmensurable enormidad del segundo, de alguna manera, el compromiso jamás encauza una corriente sorda o inútil, sino de una abrumadora resonancia, capaz de adentrarse en lo más insondable de la interioridad humana.

¿No somos, acaso, unos solitarios colectivos?, ¿o un torrente incontenible? Entonces el cine logra desconcebir postulados académicos, científicos para así reafirmar que la vida misma no nace del raciocinio determinista socrático, sino de un fondo dionisíaco y festivo que consigue diferenciar la individualidad desmontando la homogeneidad de aquella infamia llamada cine de masas.

El cine no «es» sino todo lo que todavía «no es». Nada está dicho ni puede decirse todo lo que está aún por suceder, solo si se vislumbra el presente como el puente entre el pasado infinito y el porvenir perpetuo. 

Por tanto, si El Sur Cine Lab quiere consolidar la cinematografía azuaya debe entender que al igual que Sartre entendía la literatura como una revolución, también el cine, por antonomasia, debería concebirse en el sentido de una radical ruptura.

O somos deicidas y reinventamos la cinematografía local desde nuestras raíces terrígenas o nos sometemos a los modelos hollywoodenses, a los estereotipos de lo latinoamericano, a las leyes que rigen el  vertiginoso mercado capitalista; o somos apasionados del espíritu del corazón y caemos en invocaciones al método científico.

Dejemos a la cinematografía verterse sobre nosotros cual tempestad de la existencia para salir revitalizados, semejantes a aquel caballero de la triste figura con la cámara levantada y el viento serpenteándonos la cara. El cineasta erguido frente a lo absoluto sabe exactamente la impronta de aquel quijotesco señor más andino que pirineo: «Filmar es otra forma de escribir la historia.»

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