El cine Latinoamericano

Cine & Series
Oct, 2016
Artículo por Matias Heer
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Fuente: www.haremoshistoria.net / Ratas Ratones y Rateros  una pelicula de Sebastián Cordero
Fuente: cines.com.py / Cerro Corá dirigido por Guillermo Vera
Fuente: www.laizquierdadiario.com / 7 Cajas una dirigida por Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori 

El cine latinoamericano es nuevo, pero la novedad no proviene de su vanguardismo, sino de su emergencia tardía. Mientras en Rusia Eisenstein filmaba el Acorazado Potekim, en Chile, por ejemplo, se producían largometrajes mudos de los que apenas prevalecen algunos informes periodísticos o en Colombia se realizaban largometrajes influenciados por compañías de teatro españolas de pésimo gusto.

 

El boom tecnológico eran frigoríficos subsidiados por los harapos de la corona británica. Por otro lado, los espacios dedicados a la proyección de películas, el público e incluso la tecnología para realizar grabaciones estaba casi con exclusividad en zonas portuarias y centrales como Buenos Aires, Sao Paulo, Lima, por ejemplo, y finalmente los artefactos cinematográficos no pertenecían al capital nacional sino, más bien, a manos extranjeras. Si acaso las cámaras lograban penetrar las tupidas entrañas del continente era a costa de antropólogos enviados por alguna potencia a retratar la vida objetual de esas extrañas creaturas morenas. Cosas similares sucedían en el oriente y otros tantos países coloniales y semicoloniales.

 

Es decir, el cine latinoamericano viene con un doble ‘retraso’: el ‘retraso’ continental (en relación a Europa, Rusia y Estados Unidos) que, hacia dentro del continente, también se expresa en un ‘retraso’ del interior en relación a las ciudades centrales, modernizadas con capital extranjero. En ellas se abrirían las primeras salas cinematográficas y hasta el día de hoy es devastadora la diferencia entre la cantidad de cines de las ciudades periféricas en relación con las centrales (por dar un ejemplo: hoy día en Paraguay existen 41 pantallas donde se proyecta cine y 34 de ellas se hallan en Asunción).

 

Esto, a su vez, aislaba la posibilidad de formar un público en el interior de los países latinoamericanos por lo que la cinematografía se basaba en los modos de vida de estas aldehuelas que de golpe estallaron en grandes ciudades apátridas o, como sucedió en México, una importación total del producto extranjero (México tuvo una sequía cinematográfica, hasta 1936, generada por el monstruo de Hollywood). Pero cuando hablo de zonas del interior, incluso hablo de “países” (fuimos países porque no pudimos ser una nación) más periféricos. En Paraguay, dado el caso, si bien el cine arribó apenas comenzado el siglo XX, sólo habían cortometrajes de producción nacional, documental y burocrático, y recién para 1978 se produce el primer largometraje llamado Cerro Corá. Sin embargo, con el transcurso de los años esta centralización se fue dispersando con el integrado al trazado urbano de pueblos y pequeñas ciudades del interior y terminó de diluirse con el abaratamiento de la tecnología fílmica, su fácil accesibilidad, la televisión (como sustituto a la carencia de cines) y, finalmente, internet.

 

Ahora bien, la nueva oleada federalista del cine latinoamericano se termina de implantar para fines del siglo XX, ofreciendo sus frutos para comienzos de este siglo. En Argentina, por ejemplo, surgen proyectos como San Luis Cine donde se producen diferentes becas para obtener fondos de grabación, así como el festival de Cine de San Luis, la apertura de carreras cinematográficas en Córdoba, Salta, Tucumán, etc; y la aparición de directores del interior como el mendocino Alejandro Fadel, el entrerriano Maximiliano Schonfeld o la salteña Lucrecia Martel.

 

Este federalismo también se proyecta en la proliferación de películas de países como, por ejemplo, Ecuador donde desde Se Conocieron en Guayaquil, un largometraje de 1950, pasó por una gran sequía que claramente viene revirtiendo desde fines del siglo XX, con la aparición de cineastas como Sebastián Cordero (Ratas, ratones, rateros; Crónicas; Rabia y el Pescador) hasta esta última década, donde la creación del CNCINE así como la puesta en vigencia de la Ley de Cine se muestran como progresos significativos para la producción, venta y comercialización del producto cinematográfico local. Sin embargo, este proceso de federalización que, podríamos leerlo, como un proceso de consagración de las bases del cine latinoamericano no se produce de manera aislada.

 

Como ya se señaló podemos encontrar varias y bastantes analogías con el cine asiático o de otros países “tercermundistas”. Esto, obviamente, se debe a casi el mismo proceso de abaratamiento de los costos fílmicos. Pero ¿el cine Latinoamericano, entonces, es nuevo simplemente o también novedoso? El ‘retraso’ del cine latinoamericano, así como del asiático, trae consigo unas cuantas novedades. Por empezar, el cine del tercermundo ha tenido que lidiar con bajos o hasta bajísimos presupuestos para sus realizaciones, pero ello no tiene por qué ser un impedimento, sino más bien, una búsqueda de nuevos procedimientos o de formas poco convencionales.

 

Por ejemplo, actualmente, podemos observar la serie argentina Ander Egg de Maximiliano Schonfeld que reutiliza de manera inteligente el paisaje del río Paraná y sus raros personajes para construir un viaje dantesco de ciencia ficción; o 7 cajas, película paraguaya de Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori, que utiliza prácticamente una sola locación (el Mercado 4 de Asunción) y tiene partes filmadas en celulares de baja calidad, es más, una parte del film parece directamente parodiar la reflexión cinematográfica de Fellini poniendo como espejo del cine a la cámara de un celular. Así entonces, el cine latinoamericano parece no necesitar del bochornoso derroche de Hollywood ni Bollywood, ni de la pesada e intrincada cultura europea del cine con sus reflexiones pomposas.

 

El cine latino así como el asiático y árabe son cines, en esencia, realistas pero con la diferencia de que dichas realidades terminan convirtiéndose en bizarras: Mundo Grúa del argentino Pablo Trapero, Un mundo maravilloso y El Infierno del mexicano Luis Estrada, por ejemplo. El cine latinoamericano de alguna manera retoma lo amateur, el arte de la difamación y arrasa con el buen gusto fílmico que se ha ido puliendo en los ojos del “buen espectador”. Es, en alguna medida, un nuevo lenguaje dentro del cine, un lenguaje en formación.


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