Candente o la educación sentimental

Cine & Series
May, 2017
Artículo por Giovanni Narváez
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  • Fuente: Poster de la pelicula "secretary"

    una tarde la encontré y me miró y la miré en mí descubrió el rubor de mi niñez, y mi gran amor

    Leonardo Favio

    En el doméstico dilema de programar la cartelera semanal, entre una cinefilia desordenada y un corpus curado, parto en busca de filmes dentro de las pantagruélicas plataformas de internet, entre ellas examino FMovies y la oferta de MUBI. De repente recuerdo que hace años no tenía tales disyuntivas. Así las líneas que siguen proceden de una pequeña remembranza.

     

    En los años noventa del siglo pasado, apenas entrado en la adolescencia, sucedió –presumo como es normal para ciertas personas– mi despertar sexual y cinéfilo. Nada extraño porque la pubertad y las hormonas marcan el fin de la etapa pueril. Nada extraño tampoco porque el cine se ha relacionado con la pulsión escópica, el voyerismo y el psicoanálisis. Aquí, en lugar de hablar sobre esos temas serios y profundos, quiero evocar mis primeros encuentros con el cine.

     

    En esa época, en Teleamazonas –un canal de televisión ecuatoriano–, pasaban religiosamente todos los sábados, muy tarde en la noche, películas eróticas en el espacio llamado «Cine Candente» (de seguro muchos coetáneos saben de lo que estoy hablando). Yo debía tener doce años por lo que era habitual permanecer en casa un sábado. Curioso hecho era el de esperar paciente y ver sin tanto penar la programación precedente: cine latinoamericano. Me parece que el programador (o tal vez mi memoria) confundía aquellas clasificaciones. Así descubrí un interesante panorama filmográfico en el que sucedían adaptaciones literarias, melodramas y realismos –mágicos y sucios–, como la historia de la indomable Francisca y sus hermanas en aquel recóndito pueblito costero o el trajinar de la pequeña Mónica en la violenta e injusta ciudad de Medellín.

     

    En ese mismo tiempo, ídem por la hora, a una vuelta de cambio de canal, tenía para mi púber deleite «cine pícaro» –o algo por el estilo– que se alternaba con las actuaciones de «El Caballo» Rojas y de «El gordo» Porcel. Siendo honesto con mi memoria e inicial práctica cinéfila, debo declarar que no fui un efusivo espectador de la comedia y la picardía, entonces volvía con fervor a la candencia del otro canal.

     

    En casa había un solo televisor. De tal modo que fue costumbre mirar de cerca y con un volumen prudente para no molestar ni despertar a nadie. En no más de una ocasión mis padres descubrieron mi sabatino y nocturno placer no por la televisión, sino por el cine. Nunca dijeron nada. Sin internet ni otro tipo de lascivia audiovisual al alcance, en aquel entonces, ese era el primer vínculo con la representación erótica y carnal. Que, por cierto, no era muy exuberante. Precisamente allí radica la diferencia entre el cine erótico y el cine porno. Todo, o casi todo, quedaba para la compleción imaginaria, entre otras cosas, debido a las elipsis. Pero me saciaba la trama, la puesta en escena, los movimientos de cámara, los diálogos, la música… Cómo no recordar a Sonia Braga en su papel de Gabriela con su larga cabellera, o a la hermana de Tita correr y luego cabalgar desnuda por las praderas. Cómo olvidar a Penélope Cruz en el rol de Silvia.

     

    Cuando caía la noche de un sábado en esos años mozos, me dirigía solitario hacia el sensual mundo cinematográfico. Esas imágenes revelan aquella apasionada adolescencia, el inicio de una cinefilia y mi primera escuela sentimental.

     

    En una vuelta al presente, este sábado de 2017, una vez resuelto el dilema, sentado en el sofá, en guisa de butaca, me dispongo a poner play.


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