ALBA: La posiblidad de expresar lo íntimo en un mundo material

Cine & Series
Ene, 2017
Artículo por Carmen Johanna López
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Fuente: alba-pelicula.com / Alba una pelicula de Ana Cristina Barragán

Una sala de cine comúnmente vacía, los murmullos de los pocos asistentes a quienes acompaña un aroma a canguil que desvía la atención de la pantalla a los tres pares de dólares que traicionarían los lineamientos de la respetable “posición intelectual” en la función de la 1.50 de la tarde. Tras una ráfaga de comerciales, la luz finalmente se proyecta para dar inicio a Alba, producción ecuatoriana estrenada en 2016, que nace en 2010 de una tesis universitaria y que ha conseguido, un próspero recorrido desde sus inicios. La película contó, por ejemplo, con el apoyo del Consejo Nacional de Cine por cuatro años consecutivos.

 

Gracias a esta ayuda y a un sinnúmero de premios internacionales obtenidos durante todas sus etapas de producción, Alba ha adquirido una merecida visibilidad a nivel mundial. Y es que los noventa y ocho minutos de auténtico cine abren la puerta hacia un fascinante universo interior, contenido en sutiles silencios que, por breves momentos, se quiebran entre los crujidos de comida y los comentarios de un público nacional activo, vivo y existente. Esta situación sirve de motor para pensar acerca de nuestra cinematografía y los criterios de su producción, frente a los asistentes que la eligen, a pesar de los difíciles horarios mediados por un evidente negocio de palomitas de maíz.

 

El filme, ópera prima de Ana Cristina Barragán, llega a la pantalla grande con una indudable honestidad, pues es una película de autor que parte de una búsqueda instintiva desde el inicio de su carrera. Despierta (2008) o Anima (2013) son exitosos cortometrajes que comparten la visión de una realizadora interesada en las inquietudes de la pubertad, con las que evidencia una posición clara sobre lo que para ella es la feminidad. Domingo Violeta (2010) se suma a este descubrimiento, tratando además el conflicto de la ausencia maternal en la relación de dos hermanas pequeñas.

 

Con estos antecedentes, la maduración de su apasionado proceso da como resultado un largometraje de sólido guion, cuya situación inicial establece la enfermedad de una madre para contar la historia de Alba, una niña de 11 años que despierta a la adolescencia y persigue la aprobación de su entorno, junto a un padre casi desconocido. El mencionado discurso ingeniosamente toma distancia del pathos que lo envuelve y se muestra al espectador desde lo simple: la intimidad de una preadolescente cuyo mundo gira entorno a los animales pequeños, la delicadeza, la quietud. Desde aquí, Alba rebasa los límites de su tema esencial para comunicar una demanda común de nuestra condición humana: la necesidad de pertenecer a un grupo, que en el fondo refleja una búsqueda de aceptación personal.

 

Este potente conector se muestra de manera orgánica gracias al talento de Macarena Arias, actríz noble elegida entre 600 jóvenes que asistieron al casting, quien logra transmitir el conflicto del filme en acciones sencillas pero cautivantes. Estas acciones fueron obtenidas tras un proceso de dirección que combinó confianza, complicidad y ejercicios de sensibilización como comer con los ojos cerrados o pintar con colores recuerdos o sensaciones. El susurro como parte de un juego, el tacto, las miradas delatoras o la forma dulce de recoger su cabello enredado son momentos cargados de significado y potenciados mediante la imagen que rompe la coraza exterior, debido al uso de varios primeros y primerísimos primeros planos. Con una cámara dinámica, bajo la dirección de Simón Brauer, los mencionados componentes parecieran tomar al público de la mano, para colocarlo en una posición privilegiada, desde donde se ejercita la deducción por medio de la observación ausente de palabras. Por estas razones, aunque las innumerables planas en los diarios, blogs y sitios web se llenan de buenas críticas, persiste una sala de cine comúnmente vacía…

 

Nos encontramos entonces ante un David luchando contra Goliat, pero sin la ayuda de Dios. Los 220 mil espectadores de Qué tan Lejos (2006), serían la prueba de que el cine ecuatoriano, contrariamente a lo expuesto en la cinta tratada, llena las butacas nacionales debido a un ceñido contexto sociopolítico. Sin querer ahondar en esta experiencia anterior, solamente quedaría recalcar que, a once años su estreno, Tania Hermida también habla de una producción desarrollada “sin una ley, sin un consejo de cine, sin un fondo de fomento, sin Ibermedia porque no estábamos suscritos al convenio… sin toda esa plataforma de producción que hubo después” (El Telégrafo. 2016).

 

Aun así, el camino de nuestro audiovisual ha continuado con el apoyo gubernamental, generando muchas más obras que en ese enconces, aunque en este caso, paradójicamente, exista un cambio de enfoque en cuanto al público. En Alba, por supuesto, hay una preocupación por el espectador, pero está desarrollada desde una diferente perspectiva que sitúa a las plataformas de mall en un plano secundario. Ante esto, Isabella Parra, productora de la obra comenta:

“nuestra película se enmarca en un circuito comercial diferente. Por eso sabemos de antemano que nuestra película no se orienta a ganar taquilla, ni tampoco engañar a la gente para que nos vea porque le dimos un mensaje publicitario atractivo” (CNC, 2016).

 

Pareciera ser que finalmente tiramos la toalla, colgamos los guantes y aceptamos la imposibilidad de competir en un mercado industrial y que nuestro cine evoluciona con una consciencia independiente, inteligente y fructífera, pero se aleja cada vez más de su propio territorio. Yo siento que el tema no va por ese camino, pues Alba es simplemente una diferente mirada, una obra materializada que marca nuestra historia cinematográfica y que francamente no supone la complejidad de un Tarkovsky, Lynch o Warhol. En ese sentido, ciertos criterios de promoción resultan fuertes frente a las capacidades de nuestro público.

 

Es un hecho que hay quienes deciden comprar una entrada junto a sus palomitas de maíz y otros que lo hacen por al apetito de conocimiento, aceptando el escenario donde se mezcla el silencioso intelecto con la experiencia viva y toman la oportunidad de conocer estas nuevas propuestas de lenguajes universales, cuyo nexo es un auténtico acercamiento a las situaciones humanas. De momento, suena descabellado conjugar los factores que permitan revinventar escenas como la de Alba y su padre Igor yendo al cine tradicional para embarcarse en ese viaje que de niños nos proponía la cámara oscura, pero, desde un séptimo arte nacional joven, se crearán de seguro nuevas propuestas que solamente esperan a que el tiempo las visibilice.


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